Al día siguiente…
Víctor había tenido una jornada matutina brutal. Desde primera hora de la mañana, estuvo inmerso en una serie de reuniones exhaustivas y negociaciones de alto voltaje.
Sin embargo, su brillantez empresarial salió a relucir una vez más; todas las fusiones que tenía pendientes se cerraron a la perfección.
Las gráficas proyectaban cifras exorbitantes y sus negocios iban, indiscutiblemente, viento en popa.
Cada firma consolidaba aún más su corporación, pero el desgaste físico y mental de liderar una empresa de tal magnitud comenzaba a pasar factura.
Justo antes de salir de la majestuosa sala de juntas, mientras Víctor guardaba los últimos contratos en su maletín, Daniel se dejó caer dramáticamente sobre una de las sillas ejecutivas.
—Hermano, esto va para largo —se quejó Daniel, pasándose una mano por el rostro cansado—. Vamos a comer algo de una vez por el amor de Dios. Ni siquiera hemos desayunado y siento que el cerebro se me va a apagar en cualquier momento.
Víctor lo miró con una media sonrisa, cerrando los broches de su portafolios con un chasquido metálico seco.
—Tú siempre estás hambriento, pareces un barril sin fondo. Pero tienes razón, hoy el ritmo ha sido una verdadera locura —admitió Víctor, ajustándose el saco del traje—. Además, tenemos muchísimo trabajo más tarde. Nos quedan dos reuniones más, así que tenemos que salir a comer para aguantar hasta la tarde.
—¡Sí, vamos! Te juro que me comería un rinoceronte entero —dijo Daniel, poniéndose de pie de un salto, recuperando milagrosamente la energía.
Unos minutos después, ambos se encontraban en el interior del ascensor privado de la corporación.
El suave y silencioso descenso les daba un breve respiro del sofocante caos corporativo.
Víctor se recostó contra la pared forrada de madera, cruzó los brazos sobre su pecho y clavó una mirada cargada de curiosidad en su mejor amigo.
—Ahora sí, cuéntame. ¿Cómo te fue anoche con Valeria? —preguntó, alzando una ceja con intriga.
Daniel soltó una carcajada y negó con la cabeza, todavía asimilando la derrota que había vivido.
—Hermano, esa mujer es: Dura de Matar parte 9 —exclamó, gesticulando con las manos—. ¿Puedes creer que cuando por fin nos sentamos en el bar, se acomodó exactamente al otro extremo de la mesa? Literalmente tomó su silla y la rodó lo más lejos posible, como si yo apestara o tuviera una enfermedad contagiosa.
Víctor soltó una carcajada.
Ver a su amigo, el conquistador invicto y soberbio, batallando de esa manera era un espectáculo imperdible.
—Ja,ja,ja, pues allí tienes un verdadero reto. Parece que por fin encontraste a alguien que no cae rendida a la primera sonrisa tuya.
—Y tú mejor que nadie sabes que los retos me encantan —respondió Daniel, y sus ojos brillaron con esa intensa chispa que lo caracterizaba—. No me voy a rendir tan fácil, Vic.
—Tú definitivamente no tienes llenadero.
En una fracción de segundo, la tranquilidad de la calle se transformó en pura tensión táctica.
Antes de que Víctor siquiera tuviera la necesidad de mover un solo músculo, sus experimentados guardaespaldas actuaron con una velocidad y brutalidad asombrosas.
Dos hombres con complexión de armarios interceptaron al intruso en el aire, arrastrándolo y acorralándolo con una fuerza aplastante contra la dura pared de ladrillos del restaurante.
Le inmovilizaron los brazos a la espalda y lo sometieron sin ninguna contemplación.
—¡Señor, tranquilo, no estoy armado! —gritó el sujeto, con el rostro dolorosamente aplastado contra la pared y la voz temblando por el pánico, sintiendo el pesado antebrazo del escolta presionando su garganta—. ¡Por favor, necesito hablar con usted!
Víctor levantó una mano en el aire, haciendo un gesto autoritario. Los guardias detuvieron la revisión exhaustiva al instante, pero no aflojaron su agarre.
Daniel dio un paso al frente. Sus oscuros ojos recorrieron las facciones del hombre sometido, y su memoria milimétrica hizo el ajuste necesario.
—Yo a ti te conozco... —murmuró Daniel en un tono bajo—. Eres el tipo del Club Escape.
El hombre tragó saliva con gran dificultad, asintiendo frenéticamente mientras el miedo crudo se reflejaba en sus ojos dilatados.
—Yo mismo soy... Soy Jake —jadeó, tratando desesperadamente de mantener el contacto visual con el imponente magnate—. Y necesito decirle algo sumamente importante sobre Melissa. Por favor, tiene que escucharme ahora mismo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...