Los escoltas mantenían a Jake inmovilizado contra la pared de ladrillos del restaurante, pero él no dejaba de retorcerse, buscando desesperadamente los ojos de Víctor.
El corazón de Víctor latía con una fuerza inusual, aunque su rostro era muy serio, acostumbrado a no mostrar debilidad en público.
—Lo que tengas que decirme, dilo rápido —espetó Víctor con una voz tan baja y amenazante.
Daniel, sin embargo, escaneó la acera y los edificios cercanos con creciente nerviosismo. La gente ya empezaba a detenerse, curiosa por el alboroto con los guardaespaldas.
La vía pública definitivamente no era el lugar para tratar los asuntos de Melissa.
—Víctor, por Dios, entremos de una vez. Estás demasiado expuesto aquí afuera —le murmuró Daniel al oído, tirando discretamente de la manga de su saco—. Que hable adentro.
Pero Víctor no se movió ni un milímetro. La sola mención de Melissa había encendido una furia en su interior que necesitaba respuestas inmediatas.
—No me tardaré, se lo aseguro —jadeó Jake, tragando aire con dificultad bajo la fuerte presión del antebrazo del escolta—. Tengo que decirle algo muy importante sobre Melissa.
—¡Habla de una maldita vez! —explotó Víctor, perdiendo por completo la poca paciencia que le quedaba, ansioso por acabar con todo aquello.
Jake cerró los ojos un segundo, sabiendo que lo que estaba a punto de soltar desataría un auténtico infierno, pero era su única salida.
—Ese niño... Mattias... no es su hijo.
El mundo pareció detenerse de golpe. El ruido ensordecedor del tráfico y los murmullos de los curiosos se desvanecieron.
Víctor quedó completamente petrificado, parpadeando con incredulidad ante lo que acababa de escuchar.
Su cerebro se quedó en blanco. ¿Mattias no era su hijo?
—¿Qué dices, infeliz? —siseó Víctor, dando un paso al frente con los puños apretados, listo para agarrarlo por el cuello.
Mientras la atención de todos estaba centrada en la brutal revelación de Jake, Daniel miró instintivamente hacia el frente.
En lo alto de una azotea, justo cruzando la avenida, un destello fugaz lo cegó por una fracción de segundo.
El inconfundible y frío reflejo de una mira telescópica devolviendo la luz del sol.
Su cerebro no tuvo ni un milisegundo para procesarlo; su cuerpo actuó por puro instinto.
—¡Víctor, cuidado! —rugió Daniel con todas sus fuerzas.
Se lanzó de frente, empujando a su mejor amigo con una violencia brutal hacia el suelo justo en el instante en que un estruendo seco y ensordecedor rasgó el aire del mediodía.
Víctor dejó a Daniel por un segundo al cuidado de uno de los escoltas entrenados y se acercó a Jake a zancadas.
Lo agarró por el cuello de la camisa, levantándolo varios centímetros del suelo con una fuerza que no sabía que tenía.
—Maldito, te juro por Dios que te voy a refundir en la cárcel —siseó Víctor a un milímetro de su cara—. Esto fue una maldita trampa.
—¡Le juro que no! ¡Por mi vida que no sabía nada! —suplicaba Jake, casi sin oxígeno.
—Llévalo a la policía. Que no lo suelten por nada del mundo —le ordenó Víctor a Rodrigo, lanzando a Jake hacia los guardias con desprecio.
Rápidamente las sirenas rasgaron el aire apenas dos minutos después.
La ambulancia frenó de golpe, montándose sobre la acera, y los paramédicos saltaron con la camilla. Subieron a Daniel, que ya estaba completamente pálido e inconsciente.
Sin dudarlo ni importarle su propia seguridad, Víctor subió a la parte trasera de la ambulancia junto a los médicos.
Mientras el vehículo arrancaba a toda velocidad rumbo al quirófano más cercano, Víctor se aferró con fuerza a la mano inerte de su amigo, ignorando su propia ropa empapada en sangre.
—Amigo, resiste... —murmuró Víctor con la voz rota y las lágrimas quemándole los ojos—. Diste tu vida por mí. Si te mueres, te juro que no me lo voy a perdonar nunca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...