El caos en la sala de emergencias fue total, las enfermeras corrían de un lado a otro.
Víctor corría junto a la camilla rodante, aferrado a la mano de su amigo hasta que los paramédicos llegaron a las puertas de reanimación.
Allí, un médico vestido con traje azul le cortó el paso.
—Logramos estabilizarlo temporalmente en la ambulancia y hemos controlado la hemorragia externa, pero el paciente presenta un trauma torácico penetrante —explicó el cirujano de trauma, ajustándose los guantes con rapidez—. La bala comprometió la cavidad pleural y necesitamos entrar a quirófano de inmediato para frenar el sangrado interno y evaluar el daño real en el pulmón.
Víctor lo tomó del brazo, clavando sus ojos oscuros en los del médico.
—Hágalo, doctor. Por el costo no se preocupe, disponga de todo el personal y los equipos del hospital si es necesario —suplicó Víctor con la voz destrozada—. Solo sálvele la vida. Es mi hermano.
—Haremos todo lo que esté a nuestro alcance. Con permiso.
Las puertas dobles se cerraron de golpe, dejando a Víctor solo en el frío pasillo.
Minutos después, en la sala de espera VIP, el silencio era estridente. Víctor estaba sentado en una de las sillas acolchadas, completamente en shock.
Su impecable camisa blanca ahora era un lienzo espeluznante de sangre seca y oscura.
No podía hablar, no podía moverse.
Su mente estaba atrapada en un bucle doloroso, repitiendo una y otra vez el instante en que Daniel se lanzó frente a él. La bala era suya. Ese disparo iba dirigido a su pecho.
El sonido apresurado de unos pasos rompió la pesadez del ambiente.
Amanda cruzó las puertas casi corriendo, seguida de cerca por Adriana y Valeria. La arquitecta lucía mortalmente pálida y temblaba como una hoja.
—¡Víctor, mi amor! Gracias a Dios que estás bien —exclamó Amanda, arrodillándose frente a él sin importarle manchar su ropa con la sangre de su esposo, y tomando su rostro entre las manos.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo está Daniel? —preguntó Adriana, con los ojos muy abiertos por el terror, abrazándose a sí misma.
—Realmente no lo sé... —fue lo único que pudo balbucear Víctor.
Y entonces, el implacable magnate de los negocios, el hombre que no le temía a nada, se quebró por completo.
Se cubrió el rostro con ambas manos manchadas y comenzó a llorar.
Sollozaba con una vulnerabilidad tan profunda y cruda que a Amanda se le partió el alma en mil pedazos. Ella lo abrazó contra su pecho, meciéndolo suavemente.
Al ver la escena, Adriana retrocedió un par de pasos para darles espacio.
Fue entonces cuando notó que Valeria no había hecho ni una sola pregunta.
La arquitecta se dio la vuelta en silencio y caminó con paso rápido y errático por el pasillo hasta empujar la pesada puerta de madera de la capilla de la clínica.
Adriana vio cómo se desplomaba en la última banca, cubriéndose la cara, sacudida por el llanto.
Adriana se acercó a Amanda cuando Víctor pareció recuperar un poco el aliento.


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