El reloj digital sobre la mesita de noche marcó las 6:00 a.m. con un parpadeo silencioso, pero para Víctor, el tiempo se había detenido en el instante exacto en que escuchó el disparo la tarde anterior.
Prácticamente no había podido dormir nada.
Había pasado la madrugada entera caminando de un lado a otro en su despacho, sirviéndose un trago de whisky que ni siquiera llegó a probar.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Daniel lanzándose frente a él, recibiendo la bala en la espalda y cayendo pesadamente contra el asfalto, lo golpeaba con la misma fuerza devastadora.
El sonido de su teléfono celular rompió el pesado silencio de la habitación. Lo tomó de inmediato del escritorio; al ver el nombre de Rodrigo en la pantalla, su pulso se aceleró.
—Habla —contestó Víctor de golpe.
—Señor, qué pena que lo moleste tan temprano —se escuchó la voz de su jefe de seguridad al otro lado de la línea—, pero tengo noticias importantes de la estación de policía.
—Dime lo que sea, Rodrigo. Llevo toda la noche esperando respuestas —exigió Víctor, pasándose una mano temblorosa por el cabello desordenado—. ¿Qué averiguaron?
—Al parecer, el panorama cambió por completo, señor. No hay absolutamente nada que incrimine a Jake en el atentado. El hombre que se le acercó en la calle no formaba parte del ataque; la investigación inicial apunta a que fue una trágica coincidencia. Se trata de algo mucho más grave y planeado.
Víctor frunció el ceño profundamente, sintiendo que una punzada de dolor le atravesaba las sienes.
Su cerebro intentaba procesar la información, buscando encajar las piezas de un rompecabezas que acababa de cambiar de forma.
—No entiendo nada. Explícate mejor, Rodrigo. Si Jake no fue el que tendió la trampa y me distrajo, ¿quién demonios disparó?
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, el tiempo exacto que le tomó al experimentado jefe de seguridad preparar a su jefe para la bomba que estaba a punto de soltar.
—La policía hizo un barrido rápido en los tejados cercanos y dio con el tirador. Intentaba huir por la escalera de incendios del edificio de enfrente. Lo acorralaron y, tras un par de horas de interrogatorio intenso en la comisaría, por fin confesó.
—¿Quién lo envió? —preguntó Víctor, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas.
—Fue enviado por Alexander Donovan, señor. Él dio la orden directa para matarlo.
El nombre golpeó a Víctor con la fuerza de un tren a toda velocidad.


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