Víctor empujó la puerta con fuerza.
El ruido metálico hizo que Tadeo diera un brinco en su asiento.
Al levantar la vista y encontrarse con la figura imponente y oscura de Víctor Grimaldi, el hombre perdió el poco color que le quedaba en el rostro.
—Víctor... yo... yo no tuve nada que ver con el atentado a tu amigo, te lo juro por mi vida —balbuceó Tadeo, pegándose al respaldo de la silla como si quisiera fundirse con el metal.
Víctor no dijo una sola palabra al principio.
Caminó despacio, cerrando la puerta detrás de él y arrastrando una silla hasta colocarla justo enfrente de Tadeo.
Se sentó, apoyó los codos en las rodillas y lo miró fijamente. Sus ojos oscuros eran dos pozos de pura muerte.
—Vas a escucharme muy bien, Tadeo, porque solo te lo voy a decir una vez —comenzó Víctor, con un tono tan bajo y escalofriante que hizo eco en la pequeña habitación—. Mis hombres están afuera. Tu red de negocios sucios ya está en manos de las autoridades. Tu dinero está congelado. Estás completamente solo y Alexander Donovan no va a mover un maldito dedo para salvarte.
—Víctor, por favor... —suplicó el hombre, con lágrimas de terror asomándose en sus ojos—. Yo solo le lavaba el dinero a Donovan, no sabía que iba a atentar contra los tuyos. Te lo juro. En cuanto supe lo loco que estaba y la guerra que te declaró, intenté irme.
—No me importan tus excusas de cobarde —lo cortó Víctor, golpeando la mesa de aluminio con la palma abierta, un sonido seco que hizo saltar a Tadeo—. Me importa dónde está. Dime en qué maldito agujero se metió ese infeliz.
Tadeo tragó saliva, mirando hacia la cámara de seguridad apagada en la esquina, aterrorizado.
—Si te lo digo, él me matará. Tiene ojos en todas partes...

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