El exclusivo club nocturno en Punta Pacífica vibraba al ritmo ensordecedor de los tambores y las trompetas.
El calor tropical de Panamá se mezclaba con el aire acondicionado del local, creando una atmósfera húmeda y cargada de pura lujuria.
En la zona VIP, Alexander Donovan se sentía el dueño absoluto del mundo.
Estaba a kilómetros de distancia de Víctor Grimaldi, bebiendo el mejor ron añejo y con la atención completamente enfocada en la mujer que tenía enfrente.
Era una diosa caribeña.
Una morenaza despampanante, alta, con curvas monumentales que parecían talladas a mano y una piel brillante que contrastaba con el vestido rojo ajustado que no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
Alexander estaba embelesado, hipnotizado por la manera en que ella movía las caderas al ritmo de la música.
Él dejó el vaso de cristal sobre la mesa, se puso de pie y la tomó por la cintura con firmeza, atrayéndola hacia su cuerpo.
—Vamos a bailar salsa. Enséñame, querida —le susurró al oído, rozando el lóbulo de la mujer con los labios.
Ella soltó una carcajada vibrante, echando la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto un cuello largo y sensual. Sus manos se deslizaron por los hombros anchos de él.
—¿Un hombre como tú queriendo soltar las caderas? —ronroneó ella, moviéndose lentamente contra él, marcando el paso básico y obligándolo a seguirla—. Eso tengo que verlo, papi. Aquí en el trópico el ritmo se lleva en la sangre, no en la billetera.
—Te aseguro que aprendo rápido —respondió Alexander, apretándola contra su entrepierna para que sintiera lo rápido que ella lo estaba encendiendo—. Y tengo mucho aguante para seguirte el ritmo. Toda la noche.
La mujer se mordió el labio inferior, mirándolo con un fuego descarado en los ojos oscuros.
—Entonces sácame de aquí. Este ruido ya me aburrió y quiero ver si de verdad te mueves tan bien como hablas.
No necesitaron decir nada más.
Alexander tiró unos billetes sobre la mesa y la guio con prisa hacia el ascensor privado que los llevaría directo a su lujoso penthouse en el último piso de la torre.
En cuanto las puertas de metal se cerraron, se lanzaron el uno sobre el otro como animales hambrientos.
Al llegar al penthouse, ni siquiera encendieron las luces.
La iluminación de la ciudad entraba por los enormes ventanales de cristal, bañando la sala en tonos dorados.
Alexander la empujó contra el frío vidrio panorámico, arrancándole el vestido rojo de un solo tirón experto, dejando al descubierto un conjunto de encaje negro minúsculo.
—Maldita sea, eres un monumento —gruñó él, bajando las manos por su espalda hasta agarrar esos glúteos perfectos y apretarlos con brutalidad.

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