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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 154

El reloj de péndulo del pasillo principal marcaba las ocho de la noche.

El silencio en la mansión Grimaldi era profundo, casi irreal.

Amanda caminaba de un lado a otro en la inmensa sala de estar. Las horas habían pasado con una lentitud agonizante desde que recibió aquel escueto mensaje de texto desde Panamá.

Solo tres palabras: «Se acabó. Voy a casa».

No había podido probar bocado. Su corazón latía desbocado, atrapado entre la esperanza y el terror residual de las últimas semanas.

Cada sombra de la casa le parecía una amenaza, cada crujido de la madera la hacía saltar.

El miedo a perder a su familia se había arraigado tan profundo en sus huesos que su mente aún se negaba a creer que la pesadilla hubiera terminado.

De pronto, el sonido de unos neumáticos frenando sobre la grava del camino de entrada rompió el silencio.

Amanda se detuvo en seco. Dejó de respirar.

El ruido de la pesada puerta principal abriéndose resonó en el vestíbulo.

No esperó a que los escoltas anunciaran nada. Corrió. Corrió con una desesperación que le quemaba los pulmones, cruzando la sala hasta llegar al gran recibidor iluminado.

Y allí estaba él.

Víctor.

Se había quitado la chaqueta del traje y la llevaba colgando de un dedo sobre el hombro.

Tenía la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa abiertos y el cabello revuelto. Lucía increíblemente exhausto.

Había sombras oscuras bajo sus ojos y su postura delataba el cansancio de días sin dormir.

Pero al levantar la vista y encontrarse con Amanda, algo en su rostro cambió por completo. La frialdad implacable, esa coraza de hielo que usaba para destruir a sus enemigos, se fracturó en mil pedazos.

Dejó caer la chaqueta al suelo. No le importó.

—Víctor... —susurró Amanda. La voz se le quebró en un sollozo ahogado.

Él abrió los brazos.

Amanda acortó la distancia que los separaba y se lanzó contra su pecho con tanta fuerza que lo hizo retroceder un paso.

Víctor la atrapó al vuelo, envolviéndola con ambos brazos, apretándola contra su cuerpo como si temiera que pudiera desvanecerse en el aire.

Enterró el rostro en el cuello de ella, aspirando su aroma, llenando sus pulmones de esa fragancia suave que era su único y verdadero hogar.

Ninguno de los dos habló. No hacían falta palabras.

El vestíbulo solo se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas y de los sollozos incontrolables de Amanda.

Ella se aferraba a la camisa de él, arrugando la tela con sus puños apretados, llorando de puro y absoluto alivio.

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