Estar de vuelta en la oficina se sentía como volver a respirar. Amanda suspiró profundamente y sonrió.
Habían sido días de un encierro asfixiante en la mansión.
Días de dirigir su empresa a través de videollamadas por culpa de las amenazas que pesaban sobre su familia.
Pero hoy, la pesadilla era historia.
El peligro había desaparecido y ella volvía a ser dueña de su vida. Se sentía absolutamente invencible.
Llevaba un elegante vestido color esmeralda que se ajustaba a su figura, marcando con orgullo la pequeña curva de su vientre.
Caminó con paso firme. Sus tacones resonaron con autoridad sobre el piso pulido, anunciando que la jefa había regresado.
Se detuvo frente a la mesa de dibujo para revisar con ojo crítico los planos de un nuevo proyecto millonario.
A su alrededor, la oficina estaba llena de vida. Su equipo de arquitectos iba de un lado a otro, contagiado por la energía imparable que Amanda irradiaba.
—Las elevaciones de la torre sur están perfectas, Marcos.
Amanda habló con voz firme, trazando una línea rápida con un lápiz rojo sobre el plano desplegado.
—Pero quiero que revises la entrada de luz natural en el lobby principal.
—Sí, señora.
—Necesito que el espacio respire, Marcos. Que se sienta orgánico e integrado con el exterior. No quiero muros ciegos ahogando la entrada.
—Enseguida, jefa. Lo modifico y se lo traigo a su escritorio en media hora.
El joven arquitecto asintió con una mezcla de respeto y admiración antes de retirarse rápidamente a su estación de trabajo.
Amanda suspiró de nuevo.
Dejó el lápiz rojo sobre la mesa. Estaba recuperando su vida. Su pasión. Su esencia más pura.
No era solo la esposa del hombre más influyente de la ciudad. Era Amanda Borbón. Una profesional brillante y respetada que había construido su propio imperio a pulso.
De pronto, algo cambió en el ambiente.
El murmullo constante de voces, el teclear rápido en las computadoras y el sonido de los teléfonos se apagó gradualmente.
Fue como si alguien hubiera presionado el botón de silencio general en toda la planta.
Amanda frunció el ceño, extrañada. Levantó la vista de los planos.
Las pesadas puertas de cristal de la entrada principal se habían abierto de par en par.
Sus escoltas de seguridad se habían quedado estratégicamente afuera, vigilando el pasillo del edificio, respetando su espacio de trabajo.
El hombre que acababa de entrar era Víctor Grimaldi.
Hoy era un hombre distinto.
Vestía un traje azul marino hecho a la medida. Sin corbata. Con los primeros botones de la camisa blanca abiertos, dándole un aire relajado y asombrosamente atractivo.
Lucía como una visión consumada. Sin embargo, no fue solo su imponente presencia lo que dejó sin aliento a todas las empleadas de la firma.
Fueron sus manos. En una sostenía una enorme y espectacular caja rectangular de terciopelo negro. En la otra, cargaba un monumental arreglo de orquídeas blancas en plena floración.
Víctor ignoró olímpicamente las miradas atónitas y los suspiros ahogados de los pasantes. Su mundo se reducía a una sola persona.
Sus ojos oscuros escanearon el inmenso lugar.
En cuanto encontraron a Amanda, su rostro se transformó. Se iluminó con una sonrisa suave, cálida. Cargada de un inmenso amor que solo le pertenecía a ella.
Caminó con paso firme y seguro cruzando la oficina abierta.
Iba directo hacia su mesa de dibujo.
Amanda sintió que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. Estaba maravillada ante la increíble sorpresa.
—¿Interrumpo a la arquitecta más solicitada y hermosa del país?
Víctor preguntó al llegar frente a ella. Su tono profundo y juguetón hizo eco en el absoluto silencio que reinaba en la oficina.

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