El departamento de Valeria siempre había pulcro y ordenado. Hasta hace exactamente tres días.
Desde que Daniel cruzó esa puerta con su sonrisota y su bolso de viaje, el caos se instaló en su vida y en su sala.
—¡Arquitectaaaa!
El grito dramático resonó desde la habitación.
Valeria apretó el puente de su nariz, contando mentalmente hasta diez mientras dejaba los planos que intentaba revisar sobre la isla de la cocina.
—¡Valeria, mi enfermera favorita! ¡Creo que me desmayo!
Ella rodó los ojos, suspiró con pesadez y caminó con pasos firmes hacia la habitación.
Efectivamente, Daniel estaba desparramado en el centro exacto de su inmensa cama King Size.
Había usurpado el colchón desde la primera noche, alegando con cara de mártir que el sofá arruinaría su delicada columna vertebral.
Valeria, por supuesto, había terminado durmiendo en el sofá.
—¿Qué quieres ahora, Daniel? —preguntó ella, cruzándose de brazos desde el marco de la puerta.
Él la miró con esa expresión de niño bueno que no le creía nadie.
Llevaba solo unos pantalones de pijama de algodón gris que colgaban peligrosamente bajo en sus caderas.
El torso, parcialmente vendado por la herida de bala, exhibía músculos marcados que Valeria intentaba ignorar sin éxito todos los días.
—Tengo hambre.
—Te acabo de dar de almorzar hace apenas una hora.
—Eso era sopa. La sopa no es comida, es agua con sabor a tristeza. Necesito carne, proteínas.
—No estuviste en una guerra, recibiste un disparo por meterte donde no debías —le recordó ella, aunque no había dureza real en su voz.
—Salvé al jefe —la corrigió él, guiñándole un ojo descaradamente—. Soy un héroe. Lo mínimo que merezco es que me consientas y me traigas un buen corte de carne.
Valeria soltó un suspiro y caminó hacia la cama.
—Eres el paciente más insoportable, manipulador y dramático del universo.
—Pero te encanta cuidarme. Acéptalo, estás fascinada con esta convivencia.
Valeria no respondió a la provocación, aunque un ligero rubor le subió por el cuello.
El problema era que, por mucho que se quejara, a Daniel le encantaba ponerla a prueba. Y a ella le costaba horrores mantener sus barreras altas.
—Es hora de cambiarte el vendaje —anunció Valeria, evadiendo el tema de la comida y tomando el botiquín de primeros auxilios de la mesa de noche.
—Uy, vamos a la acción. Mi parte favorita del día.
Daniel se enderezó un poco, apoyándose contra el respaldo de la cama. Su sonrisa burlona no desapareció en ningún momento.
Valeria abrió el botiquín con manos que le temblaban ligeramente. Esta era la tarea que más la desestabilizaba.
Se sentó en el borde del colchón y se inclinó hacia él.
El calor que emanaba del cuerpo de Daniel la golpeó de inmediato.
—Quédate completamente quieto —murmuró ella, concentrando la vista en el vendaje blanco.
—Soy una estatua para ti, mi amor.
Valeria comenzó a despegar la cinta médica con sumo cuidado. Sus dedos finos rozaron la piel cálida y firme de su abdomen.
Al instante, los músculos bajo su tacto se tensaron.
El ambiente en la habitación cambió de golpe.
Las bromas desaparecieron en el aire, siendo reemplazadas por una tensión vibrante que los envolvió a los dos.
Daniel dejó de sonreír.

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