El timbre del departamento rompió el silencio del pasillo. Amanda se acomodó el bolso, esperando junto a Víctor.
El plan de ambos era simple: hacer una visita sorpresa y llevarse a Daniel a la mansión de una vez por todas.
Sabían perfectamente que era el peor paciente del mundo y querían rescatar a Valeria de sus constantes exigencias.
Segundos después, la cerradura giró.
Valeria abrió la puerta.
Llevaba ropa cómoda, el cabello un poco alborotado y una sonrisa nerviosa que la delataba por completo.
—¡Amanda! ¡Señor Víctor! —saludó, abriendo más la puerta para cederles el paso—. Qué sorpresa tan grande verlos por aquí. Pasen, por favor.
—Hola, Vale —saludó Amanda con mucho cariño, dándole un beso en la mejilla al entrar—. Qué gusto verte.
—No queríamos interrumpir tu descanso —agregó Víctor, adentrándose en la sala con paso firme y seguro.
Víctor se detuvo en medio de la sala. Allí, desparramado cómodamente en el sofá blanco, estaba Daniel.
Llevaba ropa deportiva holgada que dejaba asomar los vendajes de sus costillas.
En las manos sostenía un enorme tazón de cereal de colores. Lo devoraba con la misma concentración de un niño pequeño.
Víctor se cruzó de brazos y soltó una carcajada.
—Vaya, vaya. Veo que sigues haciendo lo que mejor sabes hacer en la vida, Daniel. Comer.
Daniel levantó la vista del tazón gigante, con la cuchara goteando leche a medio camino de su boca.
—El cuerpo humano necesita la mayor cantidad de nutrientes posibles para la sanación de heridas de bala, jefe.
Amanda negó con la cabeza, riendo por la increíble desfachatez del hombre.
—Tú no cambias nunca, Daniel —dijo ella, mirándolo con evidente diversión—. Pero lamento informarte que se acabó tu estadía en este hotel de cinco estrellas.
Daniel masticó el cereal con excesiva calma y pasó el bocado.
—¿De qué están hablando ustedes dos? El servicio de esta casa es de primera calidad. Las porciones de comida son un poco pequeñas para mis estándares, pero la enfermera a cargo es muy linda.
Valeria se ruborizó de inmediato. Desvió la mirada hacia el ventanal del fondo y se aclaró la garganta con evidente nerviosismo.
—Hablo completamente en serio, hermano. Venimos a rescatar a Valeria de tus insoportables garras. Ya preparamos una habitación exclusiva para ti en la mansión.
—Allí tendrás atención médica las veinticuatro horas, comida y Valeria podrá recuperar su merecida tranquilidad —añadió Amanda, guiñándole un ojo.
Ambos, Daniel y Valeria, cruzaron una mirada en ese preciso instante.
Fue un contacto visual rápido, pero cargado de una complicidad intensa y profunda. No hubo necesidad de articular palabras entre ellos. La comunicación fue total.
—Me temo muchísimo que eso no se va a poder —respondió Daniel. Soltó una risa grave y juguetona que hizo eco en la sala.
Sin dudarlo, Daniel tomó la mano de Valeria y entrelazó sus dedos frente a todos.
Ella no intentó apartarse. Al contrario, apretó el agarre y apoyó el hombro contra él, delatada por el rubor de sus mejillas.
Víctor y Amanda se quedaron sin palabras.
Amanda miraba atónita las manos unidas y luego los rostros sonrientes de sus amigos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.