—Melissa Rubiales está muerta.
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto durante un segundo, hasta que la respiración agitada y entrecortada del director del penal volvió a escucharse a través del altavoz.
—Fue acorralada en uno de los pasillos durante el caos del motín —explicó el hombre a toda prisa, con el terror evidente en cada sílaba—. Varias reclusas de máxima seguridad la emboscaron. Mis guardias no pudieron llegar a tiempo para detenerlas. Todo fue muy rápido.
La mandíbula de Víctor se tensó con tanta fuerza que sus dientes rechinaron. Sus ojos se oscurecieron por completo.
—Voy para allá en este mismo instante —dijo con frialdad.
Víctor finalizó la llamada y bajó lentamente el teléfono celular.
El ambiente en la sala del departamento había cambiado de forma drástica. Habían pasado de una celebración alegre a una tensión irrespirable.
Amanda dio un paso hacia él. Tenía los ojos muy abiertos y las manos entrelazadas sobre el pecho.
—¿Qué ocurrió, Víctor? —preguntó ella en un susurro tembloroso—. Me estás asustando.
Víctor la miró a los ojos. Su rostro era una máscara de hielo impenetrable.
—Hubo un motín—informó él, con voz monótona y extremadamente grave—. Melissa está muerta.
Un jadeo colectivo llenó la impecable habitación.
Amanda se tapó la boca con ambas manos, completamente horrorizada por la noticia. Valeria se abrazó a sí misma por puro instinto, sintiendo un escalofrío.
Daniel frunció el ceño de inmediato. Ignoró por completo el dolor de sus costillas fracturadas y se puso de pie con agilidad.
—¿Cómo que está muerta? —indagó, adoptando al instante su postura seria—. ¿Qué diablos pasó dentro de esa prisión?
—La emboscaron en los pasillos durante el caos—explicó Víctor—. Al parecer, fue un ataque directo.
Víctor se giró hacia su esposa, buscando su mirada comprensiva.
—Amanda, necesito que te quedes aquí en el departamento con Valeria —ordenó.
Amanda asintió de inmediato. Sabía perfectamente que no era el momento de cuestionar sus decisiones.
—Ten mucho cuidado, por favor —le pidió ella.
Luego, Víctor clavó su intensa mirada en su socio.
—Daniel, comunícate con Fernando de inmediato —le indicó—. Dile que lo necesito en el penal ahora mismo.
—Lo llamo enseguida —confirmó Daniel, sacando su propio celular del bolsillo.
Víctor condujo a toda velocidad hasta el reclusorio.
Al cruzar los portones de seguridad. Había guardias armados por todas partes. Lo escoltaron directo a la morgue provisional. Era una habitación lúgubre y helada.
En el centro, sobre una camilla metálica, reposaba un cuerpo cubierto por una sábana blanca.
Víctor avanzó a paso lento. Se detuvo junto a la camilla y levantó despacio el borde de la tela.
Lo que vio lo dejó en absoluto silencio.
El rostro, que alguna vez fue hermoso, ahora estaba destrozado.
Melissa tenía cortes profundos cruzándole las mejillas y la frente. La sangre seca manchaba su piel pálida.

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