Al día siguiente, el cielo amaneció completamente encapotado. Las nubes grises y pesadas parecían presagiar la profunda tristeza del lugar.
El funeral de Melissa fue una escena absolutamente desoladora.
No había nadie más para despedirla. Ni familiares lejanos, ni viejos amigos, ni conocidos de la infancia.
Ella no era originaria de ese país.
Había migrado desde Honduras hacía varios años, dejando atrás su tierra buscando desesperadamente una vida mejor. Su sueño inicial era huir de las carencias, pero esa meta se distorsionó.
Su incontrolable ambición y su sed de venganza terminaron por consumirla, llevándola por un camino oscuro que finalmente la condujo directo a la tumba.
Frente a la fosa abierta en el silencioso cementerio, el grupo de asistentes era minúsculo.
Allí solo estaban parados Víctor, Daniel, Fernando y Valeria, vestidos de luto riguroso. Mantenían una postura de solemne respeto por la vida que se había apagado trágicamente.
Minutos después, el sonido de la gravilla crujiendo bajo las suelas de unos zapatos anunció la llegada de dos personas más.
Eran Jake y Brenda.
Él se veía deshecho. Caminaba con la mirada perdida, los hombros caídos y el rostro sumamente demacrado.
Brenda caminaba a su lado, luciendo un atuendo que desentonaba un poco con la estricta sobriedad del lugar.
Rápidamente, Daniel y ella hicieron contacto visual. Fue una mirada fugaz, pero cargada de un pasado que ya estaba completamente sepultado para él.
Jake avanzó hasta quedar al borde del oscuro hoyo. Se pasó las manos por el cabello con un gesto de pura desesperación.
—Tienes que tranquilizarte, Jake —le susurró Brenda, cruzándose de brazos, aunque su tono de voz carecía de cualquier rastro de empatía genuina.
—Todo esto fue mi maldita culpa —murmuró Jake, con la voz quebrada y temblorosa—. No creí que le fuera a ir tan mal allá adentro en la cárcel. Me negué a pagarle la protección a las guardias y ahora mira...
Jake bajó la mirada, fingiendo un dolor insoportable. Brenda rodó los ojos, fastidiada por su patético teatro en medio del sepelio.
—Ya basta, Jake. En el fondo tú no amas a Melissa. Solo la deseabas por lo increíblemente hermosa que era. No vengas ahora a darte aires de pureza y sufrimiento eterno —le recriminó ella con y dureza.
El entierro continuó sumido en un silencio sepulcral.
El pesado ataúd descendió lentamente hacia la tierra húmeda. Los operarios comenzaron a arrojar las paladas de tierra.
El sonido sordo de la caída marcaba el final definitivo de una mujer que quiso tener el mundo a sus pies.
Víctor conversaba en voz muy baja con su amigo Fernando. Discutían sobre los últimos engorrosos trámites legales y los documentos de la fiscalía.
A pocos pasos de distancia, Brenda seguía mirando fijamente a Daniel.
Daniel notó la insistencia de aquella mirada pesada. Sin dudarlo un solo segundo, movió su brazo y se aferró con fuerza a la mano de Valeria.
La arquitecta, sintiendo el firme agarre de su pareja, lo miró de reojo. Entrelazó sus dedos con los de él, mostrándole un apoyo total e incondicional.
Cuando el sepulturero terminó su trabajo y alisó la tierra sobre la tumba, Víctor y Fernando comenzaron a caminar despacio hacia los autos estacionados en la entrada.
Daniel soltó suavemente la cálida mano de Valeria. Le dio una breve mirada para pedirle un minuto y caminó unos pasos hasta acercarse a Brenda.

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