La mirada del hombre tenía un brillo juguetón, pero sumamente peligroso al mismo tiempo. Era la mirada de un hombre que sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo.
Él se hizo a un lado de la puerta de roble, cediéndole el paso hacia el interior de su santuario privado.
Adriana apretó la carpeta contra su pecho, como si fuera un escudo protector, y caminó hacia adentro.
Adentro de la oficina, el ambiente era aún más abrumador e intimidante.
Había inmensos ventanales de piso a techo que mostraban la ciudad entera a sus pies, estanterías llenas de gruesos planos y un enorme escritorio de caoba maciza en el centro.
Pero lo que realmente intimidaba a Adriana era el hombre que acababa de cerrar la puerta con un clic a sus espaldas.
Adriana era conocida por ser una de las mujeres más lanzadas y atrevidas del mundo entero.
Ella era, en esencia, la versión femenina de Daniel. Sin filtros, absolutamente descarada, valiente y siempre dueña de cualquier situación o conversación.
Pero este hombre la había desarmado en cuestión de segundos.
La intimidaba de una forma que no podía explicar.
La hacía quedarse en absoluto silencio, como cosa muy rara en ella. La sola presencia de Mendiola llenaba toda la habitación, dejándola sin defensas.
Él caminó hasta su escritorio, moviéndose con la elegancia y seguridad que solo dan los años, sin dejar de mirarla ni por un segundo.
—No tienes cara de ser una simple asistente —comentó él, recostándose contra el borde del escritorio y cruzando los brazos sobre su amplio pecho.
—Soy la mano derecha de Amanda —se defendió Adriana, recuperando una pequeña chispa de su fuego habitual—. Y vengo a entregar esto, ingeniero Mendiola.
Ella extendió la carpeta en su dirección.
Él la tomó con calma, pero al hacerlo, sus dedos grandes y cálidos rozaron intencionalmente la piel suave de la mano de Adriana.
Una corriente eléctrica invisible y potente atravesó todo el cuerpo de la joven.
—Puedes llamarme Rodrigo —murmuró él, sin apartar la mirada oscura de los grandes ojos de ella.
—Prefiero mantener la estricta formalidad laboral, ingeniero —replicó Adriana, dando un pequeño paso hacia atrás por pura supervivencia emocional.
Rodrigo soltó una carcajada baja y ronca.

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