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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 164

El tráfico de la ciudad había sido un verdadero infierno, pero la mente de Adriana iba a mil por hora, moviéndose mucho más rápido que los autos en la congestionada avenida principal.

Llegó a la oficina de Amanda hecha un manojo de nervios, algo completamente inusual en ella.

Ese hombre mayor la había confundido por completo.

Su sola presencia imponente, la habían dejado temblando.

Empujó la gruesa puerta de cristal y entró directo a la oficina de su jefa sin molestarse en tocar.

Amanda seguía sentada detrás de su inmenso escritorio de diseño, revisando unos últimos planos bajo la luz cálida de la lámpara.

—Listo, Amanda. Documento entregado —anunció Adriana.

Dejó caer su pesado bolso sobre uno de los sofás con un suspiro profundo y cargado de agotamiento mental.

Amanda levantó la vista de los planos, quitándose los elegantes lentes de lectura. Frunció el ceño ligeramente al ver la expresión desencajada y pálida de su amiga.

—¿Por qué te tardaste tanto? —preguntó, apoyando los codos sobre la mesa—. La oficina de la constructora no está tan lejos.

Adriana se dejó caer pesadamente en el sofá. Se pasó ambas manos por el cabello oscuro con evidente frustración, arruinando su peinado perfecto.

—Es que... —empezó a decir, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

Amanda se puso de pie de inmediato. Rodeó el enorme escritorio y se acercó a ella, preocupada por su extraña actitud.

—¿Te ocurre algo, Adri? ¿Pasó algo malo con la firma del contrato?

—No... Bueno, sí... ¡No con el contrato! —exclamó Adriana, sumamente agitada y gesticulando con las manos—. Fue ese hombre, Amanda. Me estremeció por completo y me dejó totalmente muda. ¿Puedes creerlo? ¡A mí!

Amanda parpadeó un par de veces, tratando de procesar la caótica información que le estaban lanzando de golpe.

—¿De qué hombre estás hablando? No entiendo nada.

—¡Del ingeniero Mendiola! —soltó Adriana, casi gritando por la desesperación—. El mismísimo dueño de la constructora.

Amanda abrió los ojos de par en par y luego soltó una carcajada que sonó alegremente en toda la oficina.

—¿Rodrigo Mendiola? ¿Me estás diciendo que en persona salió a recibirte al pasillo? —preguntó Amanda, incrédula y sumamente divertida por la situación.

—¡Sí! Y no tienes una mínima idea de lo intimidante que es. Yo iba dispuesta a dejarle la estúpida carpeta a su secretaria, pero de pronto él salió de su oficina privada.

Adriana se levantó del sofá como impulsada por un resorte y comenzó a caminar de un lado a otro por la alfombra.

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