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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 165

En el lujoso centro comercial de la ciudad para el grupo de amigas, el mundo exterior había desaparecido por completo. Su única misión era lograr que Adriana luciera absolutamente deslumbrante para su cita de esa noche.

Lucía, Valeria y Amanda habían tomado por asalto una de las boutiques de diseñador más exclusivas del lugar.

—Yo creo que están exagerando con todo esto —musitó Adriana desde el interior del estrecho probador.

Salió corriendo la cortina aterciopelada.

Llevaba puesto un vestido negro bastante ajustado y con un escote pronunciado. Era innegablemente sexy y llamativo, pero quizás un poco atrevido para una primera cena formal.

—Tienes que impresionar a ese hombre, amiga. No puedes ir vestida de cualquier forma —dijo Lucía, analizándola de arriba abajo con ojo sumamente crítico.

—Exacto. Sí, Adri, date cuenta de quién estamos hablando. Es Rodrigo Mendiola —añadió Valeria, acomodándose en el mullido sofá de la tienda con una copa de agua mineral en la mano—. No es un pasante del despacho, es uno de los hombres más ricos del país.

—¡Ay, ya basta, me están volviendo loca! —gritó Adriana, alzando ambas manos hacia el techo con pura exasperación—. ¡Ni que fuera a casarme con él!

En ese preciso instante, Amanda emergió de entre los inmensos percheros del fondo de la tienda. Traía una percha en la mano derecha y una sonrisa de triunfo absoluto en los labios.

—Mejor quítate ese negro. Este es el perfecto —dijo Amanda, extendiendo la prenda hacia su amiga.

Era un vestido de un azul medianoche verdaderamente espectacular.

Tenía un corte mucho más sofisticado, un escote en V muy elegante y una caída de seda pura que gritaba alta costura por cada costura. Era la mezcla exacta y milimétrica entre poder y sensualidad.

Adriana rodó los ojos, genuinamente agotada.

—A mí me da exactamente igual cómo ir vestida hoy. No pretendo impresionar a nadie —se quejó ella, tomando la percha de muy mala gana—. De hecho, la de la reunión de negocios eres tú. Deberías ir tú a esa bendita cena, Amanda.

—¿Y dejar que dejes pasar esta tremenda oportunidad? Ni lo sueñes, mi querida amiga —sentenció Amanda, empujándola suavemente de vuelta al interior del probador—. Te lo pones ahora mismo y no se discute más.

Después de la maratónica sesión de ropa, vino la peluquería.

Adriana se dejó caer en la silla de cuero frente al enorme espejo iluminado del salón de belleza. Se sentía completamente abrumada.

Las estilistas trabajaban en su cabello oscuro y en su maquillaje a la velocidad de la luz, mientras ella se sentía exactamente como un frío maniquí de exhibición.

Frunció el ceño a través del espejo al ver a sus tres amigas detrás de ella.

Estaban sentadas en la sala de espera, leyendo revistas, charlando animadamente y riendo de emoción. Parecían muchísimo más emocionadas por esa extraña cita que ella misma.

Horas más tarde...

El reloj marcaba las ocho de la noche en punto.

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