Al día siguiente, Amanda llegó al exclusivo restaurante La Cúpula a la una de la tarde en punto.
Llevaba puesto un vestido color coral que se le ajustaba perfectamente a las caderas, con un escote ligeramente pronunciado; lo suficiente para verse elegante, pero a la vez muy provocativa.
Apenas cruzó la puerta de cristal, la anfitriona la recibió con amabilidad y la guio por el elegante salón hasta la mesa donde Alexander Donovan ya la estaba esperando.
El canadiense se puso de pie de inmediato. La recorrió de arriba abajo y no disimuló ni un poquito el impacto que le causó verla.
—Estás hermosísima, Amanda —le soltó, con una confianza bárbara y pura admiración en los ojos.
—Gracias —respondió ella con sequedad, tomando asiento y dejando claro que no iba a caer en su jueguito de seducción tan rápido.
Se sentaron y la velada arrancó con bastante normalidad.
Al principio hablaron estrictamente de trabajo y de la fuerte suma de dinero que las empresas Donovan iban a donar a la fundación.
Amanda tenía que admitirlo: Alexander era un tipo brillante.
Era ingenioso, tenía un sentido del humor rápido y le contó un par de anécdotas de su vida empresarial que la mantuvieron muy entretenida.
Pero, de repente, Alexander cambió el tono de la conversación, apoyó los codos en la mesa y la miró fijamente.
—¿Y a tu esposo no le importa que estés almorzando a solas conmigo? —preguntó, bajando un poco la voz.
—No. Esto es un asunto de la fundación, puramente profesional —respondió ella, intentando mantener la distancia.
Alexander sonrió de lado.
—Pues si yo tuviera a una esposa como tú, te aseguro que no la dejaría ni un momento a solas. Menos con otros hombres.
Amanda se removió en la silla, sintiéndose un poco incómoda por lo directo del comentario.
Pero la verdad era muy distinta.
Víctor sí había ido a averiguar. En efecto, tenía un almuerzo de negocios agendado, pero fue él mismo quien eligió ese restaurante a propósito.
Sabía perfectamente que ahí estaría Amanda y quería ver con sus propios ojos quién diablos era el canadiense.
No iba a permitir que ese sujeto se pasara de listo.
Además, Amanda últimamente lucía tan radiante y segura de sí misma que ya todos en su círculo murmuraban sobre su gran cambio, y a Víctor los celos lo estaban consumiendo vivo.
Al ver que Alexander se le inclinaba demasiado cerca en la mesa, Víctor no aguantó más. Se levantó con disimulo de su silla y caminó a paso firme hasta la mesa de su esposa.
—Amanda... pero qué casualidad encontrarte por aquí —dijo Víctor, parándose a su lado con las manos en los bolsillos y una postura intimidante.
Ella volteó los ojos sin que él la viera y forzó una sonrisa de cortesía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...