—Víctor, tú siempre tan inoportuno —murmuró ella entre dientes, antes de aclarar la garganta—. Te presento al señor Alexander Donovan, es el nuevo donador de la fundación.
Alexander se puso de pie, igualando la estatura de Víctor.
—Mucho gusto, señor Grimaldi.
—Un placer —respondió Víctor, dándole un apretón de manos rápido—. Aunque no lo conozco. Su nombre no me suena para nada en el círculo de negocios.
—Yo sí lo conozco a usted por las revistas financieras —respondió Alexander, sin dejarse intimidar—. Realmente apenas me estoy mudando a California por asuntos de expansión. Manejaba mis empresas desde la principal en Canadá, aunque tenemos un buen amigo en común: Roberto Mendoza.
—Ah, sí, Roberto —dijo Víctor, restándole importancia con un gesto de la mano—. Bueno, solo pasaba a saludar para ver que todo estuviera en orden. Nos vemos en casa, cariño.
Amanda lo miró desorientada. Se quedó sin palabras, avergonzada y sintiendo cómo el rubor le subía a las mejillas por esa actitud de macho posesivo, dejando clarito quién era el marido.
Víctor se dio la vuelta y Alexander sonrió, entendiendo perfectamente el juego de poder que acababa de pasar.
—Bueno, señora Grimaldi, creo que ya no la ocupo más. Fue una velada muy agradable —dijo el canadiense, recogiendo su saco—. Ya cerramos el trato y pronto ese cheque estará en las cuentas de la fundación.
—Gracias, señor Donovan.
—Llámame Alexander, querida.
Se levantaron de la mesa y caminaron hacia la salida, pasando justo por el lado de la mesa de Víctor. Él no dijo nada, pero miró a Alexander de reojo con ganas de ahorcarlo.
***
Minutos después, Amanda caminaba a paso rápido por la acera, buscando llegar a su camioneta en el estacionamiento. De pronto, escuchó unos pasos pesados detrás de ella.
—¿No se supone que tenías un almuerzo importantísimo de negocios? —le reclamó ella, dándose la vuelta de golpe.
—Ya terminó —respondió Víctor, cortante, deteniéndose a un paso de ella.
—¿Por qué diablos haces esto, Víctor? ¿Crees que soy estúpida? ¿Desde cuándo te dedicas a espiarme?
—Estoy haciendo lo que debí haber hecho desde el mismísimo día en que me casé contigo.
Sin darle tiempo a respirar, se le abalanzó encima.
Le agarró la cara con una mano firme y pasó la otra por su cintura, apretándola contra su cuerpo con fuerza bruta, y la besó. Fue un beso desesperado, salvaje, cargado de reclamo y necesidad.
A unos metros de ahí, Ramón, el chofer de la familia, se quedó con los ojos cuadrados.
En todos sus años de servicio, jamás había visto a sus patrones darse ni media muestra de cariño, y mucho menos devorarse así en plena luz del día.
Amanda quedó en shock por un segundo. Su primer instinto fue empujarlo, pero la presión de sus labios y el calor de su cuerpo le ganaron a la razón.
Se olvidó de la calle, de Alexander y de la rabia.
Cerró los ojos, soltó un suspiro ahogado y le correspondió el beso con la misma intensidad y pasión que la estaba consumiendo por dentro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...