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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 26

El beso los consumió por completo, borrando de un trancazo el ruido de la calle, los carros pasando y hasta la presencia de Ramón a unos metros de distancia.

Amanda se paralizó por un instante, con los ojos muy abiertos, sorprendida por la brutal intensidad con la que Víctor le había embestido la boca.

Era un choque salvaje, lleno de una prisa que ella jamás le había conocido.

Pero la resistencia le duró apenas un segundo.

Algo muy dentro de ella se quebró.

Se rindió ante el calor que le irradiaba el cuerpo de su esposo, separó los labios y le devolvió el beso, buscando la lengua de Víctor con la misma hambre atrasada.

Un gemido bajito, totalmente involuntario, se le escapó de la garganta cuando él la pegó más contra su cuerpo.

Las manos de Amanda, que al principio querían empujarlo para quitárselo de encima, perdieron toda la fuerza y encontraron el camino hacia el pecho de él, agarrando la tela de su saco.

Podía sentir el corazón de Víctor latiendo a mil por hora, casi a punto de salírsele por las costillas.

Cada segundo que pasaba, el beso se volvía más profundo, más húmedo y más desesperado. Mezclaban sus respiraciones entrecortadas, compartiendo el mismo aire.

Víctor la apretó con más firmeza contra él. Por fin la tenía entre sus brazos siendo él mismo, siendo Víctor Grimaldi y no Carlos el hombre que se había inventado.

Quería comerse su boca, quería borrarle al canadiense de la cabeza. Y Amanda, con los ojos encogidos, lo besaba con unas ganas que le erizaba la piel.

Cuando la falta de oxígeno se hizo insoportable, Víctor se separó de ella muy despacio.

No la soltó. Tomó su rostro por la barbilla con una delicadeza que contrastaba con la fiereza de hace un momento y juntó su frente con la de ella.

Los dos respiraban pesadamente.

Víctor contempló su rostro sonrojado, los labios inflados por el roce, grabando ese recuerdo exacto en su memoria como un tesoro, y le dio un beso suavecito en la mejilla.

—Eres como un tatuaje clavado en la piel, Amanda —susurró él, rozando sus labios al hablar.

Ella abrió los ojos lentamente. Y ahí, a un centímetro de distancia, se encontró con los ojos azules de Víctor.

La estaba mirando con una intensidad, con un fervor y un fuego que ella jamás, en todos los años que llevaban casados, había visto en él.

Pero el embrujo del momento chocó de frente con la realidad.

Dentro de Amanda todavía había una herida enorme, un dolor acumulado de años de desprecio, y Víctor en el fondo lo sabía.

Víctor se quedó clavado en el asfalto, viéndola levantar la mano y subirse a un taxi que pasaba por la calle.

Apenas cerró la puerta del carro, Amanda se recostó en el asiento trasero soltando todo el aire acumulado.

Tenía el corazón a millón y la cabeza hecha un desastre.

Necesitaba un escape, necesitaba dejar de pensar en lo bien que habían encajado sus labios con los de su esposo.

Sacó su celular con premura, temblándole un poco los dedos, y le envió un mensaje directo a su única vía de escape.

"Hoy quiero verte."

En el estacionamiento, Víctor seguía viendo la calle por donde se había ido el taxi cuando sintió que el teléfono desechable le vibraba en el bolsillo.

Lo sacó lentamente, intuyendo de qué se trataba. Leyó la pantalla y sintió que el corazón le dolía un poco más.

Tecleó una respuesta rápida para confirmar, todavía con el sabor dulce de los labios de su esposa en la boca y con el alma hecha trizas.

—Si te digo que yo soy Carlos... no me lo vas a perdonar nunca en tu vida —susurró para sí mismo, tragándose la amargura de su propia trampa.

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