Horas más tarde…
La habitación estaba sumergida a media luz, apenas desgarrada por el baile errante de las llamas de las velas.
Carlos no tenía piedad. La tenía de espaldas, obligándola a hundir el rostro en la almohada mientras él marcaba su dominio con cada embestida.
La luz dibujaba círculos de sombra sobre los músculos tensos de su espalda, que subían y bajaban con un ritmo animal.
Amanda estaba de rodillas, con las nalgas levantadas, ofreciéndose por completo a ese castigo delicioso que venía por detrás.
La polla de Carlos entraba y salía con una cadencia que hacía crujir la cama.
No era un vaivén suave; era una estocada tras otra, clavándola tan hondo que ella sentía el impacto en la base de su columna.
Ese dolor agudo era justo lo que necesitaba para dejar de pensar.
Amanda sentía que se derretía, que sus huesos se volvían agua bajo el peso y la potencia de ese hombre.
—Párteme el culo, no te detengas… —gimió ella contra la tela de la almohada, con la voz quebrada por la excitación.
Para Amanda, sentir a Carlos llenándola por detrás de esa manera era una droga.
Llevaba tanto tiempo sintiéndose muerta por dentro, como una cáscara vacía, que cada vez que él la tomaba con esa fuerza, sentía que la traía de vuelta a la vida a latigazos de placer.
Cada embestida era un choque eléctrico que la obligaba a recordar que tenía nervios, que tenía sangre corriendo por las venas, que estaba viva.
Era un sacrificio necesario, una entrega total donde el pudor no tenía lugar.
—Me encanta tu polla, me fascina cómo me lo metes —jadeó, girando un poco la cabeza para que él pudiera ver la lascivia en sus ojos, sin un ápice de vergüenza.
Esas palabras fueron como echar gasolina al fuego. Carlos sintió que la poca cordura que le quedaba se evaporaba.
La tomó de las caderas con una fuerza que dejaría marcas, hincando los dedos en su piel, y empezó a darle aún más duro.
La profundidad de las estocadas aumentó, buscando ese punto exacto donde ella perdía el control de sus propios pulmones.
Ella no se quejaba del dolor; lo absorbía, lo transformaba en gemidos cada vez más altos, más brutales.
Le encantaba sentirse invadida, sentir que no quedaba ni un milímetro de su intimidad que no estuviera ocupado por él.
De un movimiento brusco y exacto, la volteó. Amanda quedó boca arriba, con las piernas temblando y el pecho subiendo y bajando con ímpetu.
Carlos no entró de inmediato. Se quedó sobre ella, mirándola fijamente, y empezó a jugar.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...