El eco de los gemidos y las respiraciones agitadas todavía flotaba en la habitación a media luz.
El sudor de ambos se enfriaba lentamente sobre las sábanas revueltas, pero la calma no duró mucho.
De pronto, Amanda se tensó de pies a cabeza, soltó un suspiro pesado y se dio la vuelta, dándole la espalda a su amante y abrazándose a sí misma.
Víctor, acostado a su lado, sintió el cambio de energía de inmediato.
Esa barrera invisible que ella acababa de levantar lo desconcertó. Tragó grueso, ajustó su tono de voz para sonar más ronco y rasposo, y le acarició el hombro desnudo.
—Amanda... ¿todo bien? —preguntó, rompiendo el silencio.
Ella se quedó callada por unos minutos, mirando un punto fijo en la pared. Finalmente, asintió despacio sin voltearse.
—Es mi marido... —murmuró ella, con un tono cargado de frustración—. Está actuando muy extraño últimamente y, para serte sincera, toda esta situación me tiene abrumada.
—¿Extraño cómo? —indagó él, sintiendo que el pulso se le aceleraba.
Amanda se giró un poco para mirarlo a la cara, apoyando la cabeza en la almohada.
—Ahora resulta que me cela y está al pendiente de cada paso que doy. ¿Puedes creer que al mediodía tuve un almuerzo con un donador importantísimo para la fundación y de la nada apareció mi esposo en el mismo restaurante? Y obviamente no fue una casualidad.
Víctor se quedó paralizado. Sintió un nudo amargo en la garganta y una incomodidad tremenda le recorrió el cuerpo, pero se obligó a mantener la fachada de Carlos a toda costa.
—¿Y es tan malo que tu marido se esté preocupando por ti? —lanzó la pregunta con cuidado, intentando tantear el terreno—. Eres una mujer divina, Amanda. Cualquier hombre en su sano juicio sentiría celos de que otros te miren. Es normal.
Amanda soltó una risita seca, llena de ironía.
—Es que tú no lo conoces, Carlos... Él jamás ha sido así. Es justo ahora que le da por comportarse como el marido celoso y preocupado, precisitamente cuando ya me cansé y lo quiero bien lejos de mi vida.
La respiración de Víctor se cortó por un microsegundo.
—¿De verdad no sientes nada por él? ¿Por tu propio esposo?
—No sé cómo explicarlo... —suspiró ella, esquivando su mirada—. Además, es bastante incómodo y raro hablar de mis problemas matrimoniales aquí, contigo, en esta cama.
—Tranquila —se apresuró a decir él, tragándose el orgullo—. Tú y yo tenemos las cosas claras. Somos simples amantes. Yo no estoy esperando más de ti, ni te voy a juzgar.
Amanda le dedicó una sonrisa suave, sintiéndose aliviada.
—Qué bueno que lo entiendas tan bien. Porque te soy sincera: para mí, estar contigo es mi escape. Es un desahogo... un divino desahogo donde no tengo que pensar en nada más.
Mientras Amanda hablaba con tanta honestidad, Víctor apretaba los puños bajo la sábana.
La impotencia lo estaba matando, pero ella seguía ciega ante la verdad, completamente convencida por la increíble caracterización del hombre que tenía enfrente.
La verdad era que no tenía idea de qué contestar de buenas a primeras, porque con Carlos no solo sentía placer carnal; también sentía comprensión, cariño y una seguridad que su matrimonio nunca le había dado.
—A pesar de cómo se comporta ahora, y de que tengo la ligera impresión de que me quiere reconquistar... —hizo una pausa, mirándolo directo a los ojos—, ya no siento nada por él. Víctor ya es periódico de ayer.
Víctor sintió que la habitación le daba vueltas. El pecho se le oprimió de tal manera que le costaba meter aire en los pulmones.
—Quizás... puede que tu marido esté arrepentido de verdad y realmente te quiera recuperar —soltó él, aferrándose a una última esperanza.
—No lo creo —dijo ella, negando con la cabeza—. Más bien es puro ego de macho herido. Como vio que cambié, que me arreglo y que ya no soy la misma pendeja de antes, ahora sí le intereso.
Víctor se quedó callado, sintiendo que la cabeza le iba a estallar.
Quería gritarle que la amaba, que estaba arrepentido y que él era el mismo hombre que la hacía gritar en la cama.
Pero su propia mentira lo tenía amarrado, cortó la conversación de raíz. La agarró firme por la cintura y la volteó de un solo tirón, poniéndola debajo de él.
—Vamos a dejarnos de tanta charla y a seguir a lo que vinimos —le gruñó al oído.
Amanda sonrió, enredando las piernas en su cadera, lista para perderse de nuevo en él.
—Sí... pero esta vez quiero que me des con más fuerza. Cógeme sin piedad, Carlos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...