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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 29

El cansancio la venció y cayó rendida. En la madrugada, se despertó al sentir el lado derecho de la cama vacío.

El sonido de la ducha le sacó una sonrisa pícara; se imaginó entrando sigilosamente para que Carlos la tomara contra las frías baldosas.

Pero al girarse para levantarse, un destello en la mesita de noche la frenó. Era una pesada esclava de platino macizo, una joya carísima y exclusiva.

Amanda se quedó paralizada y el estómago se le revolvió. Esa pulsera era idéntica, detalle por detalle, a la que su esposo Víctor usaba religiosamente todos los días.

—¿Qué es esto? —susurró para sí misma.

Se quedó mirando la esclava fijamente, tratando de encontrarle una explicación lógica.

"¿Cómo es posible? ¿Por qué tendría una joya exactamente igual?", pensó, sintiendo que un frío le recorría la espalda.

Alargó la mano, temblando un poco, con la intención de tomarla y revisarla de cerca. Sus dedos apenas rozaron la joya cuando la puerta del baño se abrió rápidamente.

Amanda retiró la mano instintivamente.

Carlos salió envuelto en una nube de vapor, secándose el pecho con una toalla pequeña, mientras otra colgaba alrededor de su cintura.

—Demonios —murmuró ella entre dientes, disimulando su sorpresa y echándose hacia atrás en la cama.

Amanda se quedó un segundo mirándolo fijamente, detallando su abdomen perfecto, pero su mente iba a mil por hora.

Estaba maquinando cómo diablos iba a hacer para preguntarle sobre esa esclava sin sonar como una extraña, y sobre todo, cómo sacarse esa duda que le acababa de taladrar el cerebro.

Víctor se acercó a la cama con una sonrisa seductora, pero sus ojos fueron más rápidos.

De reojo, captó el brillo en la mesita de noche. La había dejado ahí por inercia antes de meterse a la ducha.

"Mierd4. Amanda ya la vio", pensó, y el corazón le dio un salto mortal en el pecho.

Si ella sumaba dos más dos, todo el teatro se le venía abajo en ese preciso instante.

Tenía que actuar rápido. Se hizo el loco, borró cualquier rastro de nerviosismo de su cara y se lanzó sobre la cama.

Antes de que Amanda pudiera abrir la boca para hacer la temida pregunta, Víctor le agarró la cara con ambas manos y le dio un beso apasionado, devorándole la boca.

Fue un beso feroz, de esos que te roban el aliento y te nublan la razón.

A pesar de la duda que le rondaba, el cuerpo de Amanda reaccionó al instante a ese contacto y le correspondió con el mismo frenesí, enredando los dedos en el cabello de él.

Aprovechando que la tenía completamente distraída y gimiendo contra su boca, Víctor estiró la mano libre y, en un movimiento rápido, tiró su camisa arrugada encima de la mesita, sepultando la esclava de platino bajo la tela.

Se separó de ella muy despacio, dejándola con los labios inflados y la respiración entrecortada.

—Eres tan hermosa, mami... —le susurró rozando su nariz, asegurándose de mantener el tono arrastrado de Carlos para no darle tregua a su mente.

***

El hombre borró la sonrisa de golpe. Sus ojos se oscurecieron y, en un movimiento rápido, la agarró duro por el brazo.

—Mírame bien. Sigo más vivo que nunca, y tú y yo tenemos cuentas pendientes. Pero está bien, no te haré un escándalo hoy. Me voy. Pero antes, me tienes que prometer que nos volveremos a ver. Tenemos muchísimo de qué hablar, especialmente de a quién le estás sacando todo este dinero —le susurró muy cerca del oído.

Justo en ese momento, desde una de las habitaciones del fondo, el llanto fuerte del niño pequeño rompió el silencio del apartamento.

El hombre soltó el brazo de Melissa lentamente. Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro al escuchar el llanto.

—Vaya, vaya... ¿Así que ahora eres mamá? ¿Tienes un hijo? —preguntó—. Esto se acaba de poner mucho más interesante.

—Hablamos luego, por favor, pero vete ya —suplicó ella, sintiendo que le faltaba el aire.

—Aquí tienes mi número personal. Llámame. Y por tu propio bien, espero que sea muy pronto —espetó el hombre, dejándole una tarjeta en la mano.

Se dio la vuelta y se subió al ascensor sin mirar atrás.

Melissa estaba al borde de un ataque de nervios. Corrió a la ventana grande de la sala, con las manos apoyadas en el cristal, respirando agitada.

Minutos después, vio cómo un auto gris salía disparado del estacionamiento del edificio hasta perderse en el tráfico de la avenida.

Las piernas le empezaron a temblar tanto que tuvo que sentarse en el borde del sofá. Apretó la tarjeta contra su pecho, aterrada.

—Dios mío... ¿Cómo me encontró? —susurró al vacío.

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