Tres años atrás… Miami.
El calor húmedo de la ciudad golpeaba contra las ventanillas del carro de lujo.
Melissa miraba los enormes edificios, las palmeras y las calles impecables con los ojos muy abiertos, casi sin poder creer que por fin había cruzado la frontera.
Sentía que por fin había escapado del barrio, de las deudas y de la miseria que la ahogaba en su país.
—Gracias, Jake... —murmuró, volteando a verlo con alivio—. Gracias por traerme aquí y alejarme de tanta miseria.
Jake, con las manos firmes en el volante y la mirada fija en la autopista, apenas esbozó una sonrisa ladeada.
—Sí, querida. Estás en el país de las maravillas ahora —respondió con un tono que ella, en su inocencia, no supo descifrar.
Al poco rato, Jake frenó el auto frente a un edificio altísimo que gritaba lujo por los cuatro costados.
Apenas pisaron la acera, un tipo uniformado les abrió el paso.
Melissa caminó por el lobby con los ojos de par en par, sintiendo que su ropa desentonaba por completo en ese lugar tan caro.
—No sabía que iba a vivir aquí —comentó, sintiéndose diminuta con su ropa barata en medio de tanto lujo desmedido.
Jake presionó el botón del ascensor privado y la miró de reojo, con una mirada tan seca que la bajó de la nube en un segundo.
—No, querida. No te traje para que vivieras aquí. Te traje para que me pagaras. El boleto de avión, los contactos, y absolutamente todo lo que invertí en ti para sacarte de tu país.
El ascensor subió en silencio. Melissa tragó grueso.
Sabía muy bien que el viaje no iba a ser de gratis, que nadie te saca del fango por pura bondad.
Pero la necesidad y las ganas desesperadas de huirle a la pobreza pesaron mucho más sobre ella que el miedo.
Entraron en la inmensa suite y el silencio de la habitación se sintió extraño.
Jake cerró la puerta a sus espaldas y le pasó el seguro de inmediato. Ese pequeño clic fue suficiente para que Melissa entendiera que ya no había escapatoria.
Ella se quedó ahí parada, en el centro de la sala, nerviosa.
Le temblaban un poco las manos, pero al levantar la vista, sus ojos demostraban que estaba lista para dejar de pensar, apagar su mente y empezar a sentir, dispuesta a aguantar el precio de su libertad.
Jake se acercó a paso lento, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de la muchacha.
Melissa aprendió a la fuerza. Se volvió una mujer corrida, astuta, una maestra de la mentira disfrazada de mujer fina.
Se tragó todo ese infierno hasta que logró robarle lo suficiente para huir a California y meterse con un hombre podrido en dinero como Víctor Grimaldi.
El llanto de Mattias en la habitación del fondo la sacó bruscamente de sus recuerdos.
Melissa miró la tarjeta de Jake que aún apretaba en la mano. Le sudaban las palmas y tenía el corazón a millón.
—¿Cómo voy a hacer? —susurró al vacío, sintiendo que le faltaba el aire—. Víctor no se puede enterar de nada de esto.
Víctor era un hombre sumamente orgulloso y elitista.
Si llegaba a descubrir que su fina y delicada amante, la mujer a la que le pagaba lujos caros, había sido la prostituta fina de un criminal que la cruzó por la frontera, la iba a echar a la calle sin un centavo y no la dejaría ver a Mattias nunca más.
No podía quedarse de brazos cruzados esperando a que Jake arruinara su vida. Tenía que tomar el control.
Con las manos torpes por los nervios, agarró su celular y marcó el número impreso en la tarjeta. Tenía que ir a verlo ahora mismo.
Debía conversar con él en un lugar mucho más privado, lejos de los oídos de la empleada, para saber que quería y cómo iba a quitárselo de encima de una vez por todas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...