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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 35

Corporación Grimaldi.

Víctor terminó de estampar su firma en la última página del grueso fajo de documentos y soltó la pluma sobre el escritorio.

Al levantar la vista, se encontró con la sonrisa de satisfacción de Fernando, quien organizaba su propia copia del expediente con total pulcritud.

—Listo —anunció Fer, dándole un par de golpes a la carpeta contra la mesa para alinear las hojas—. Con esto, la licitación del nuevo muelle comercial es oficialmente de la Corporación Grimaldi. Todo el blindaje legal que armamos fue un éxito rotundo.

Víctor se recostó en su silla directiva, cruzando las manos sobre el abdomen con una tranquilidad que hacía semanas no sentía.

—Hicimos un trabajo perfecto, Fer. Brindaría ahora mismo si no fuera tan temprano.

Fernando lo observó un par de segundos, entrecerrando los ojos, detallando la expresión relajada de su amigo.

—Y esa sonrisita de idiota que traes hoy, ¿de dónde salió? —le preguntó, acomodándose en la silla frente al escritorio—. Porque dudo mucho que sea solo por haber ganado el muelle comercial.

Víctor soltó una carcajada corta y sincera, pasándose una mano por el cabello.

—Ayer la pasé increíble con Amanda. Seguí tu consejo al pie de la letra, amigo. Dejé la arrogancia en la casa, invité a mi esposa a cenar y todo fluyó. No peleamos, incluso nos reímos un buen rato recordando tonterías. Te juro que la voy a enamorar otra vez.

—Me parece fabuloso, galán. Así se habla —asintió Fernando, dándole un toque de aprobación en la mesa—. Te deseo todo el éxito del mundo, porque conociendo el carácter de Amanda y todo lo que ha pasado, no la tienes nada fácil. Te va a hacer sudar la gota gorda.

—Así es, y estoy dispuesto a aguantar el castigo que venga.

—Bien. Pero para que ese teatrito romántico funcione, también tienes que resolver tu situación con Melissa —le recordó Fernando, bajándole de golpe los ánimos, siempre asumiendo su papel de la voz de la razón—. Últimamente parece que ya ni te importa esa mujer, y te recuerdo que es la madre de tu hijo.

Víctor frunció el ceño, y la sombra de la culpa le oscureció la mirada al instante.

—Melissa fue el error más grande de mi vida, un desastre que tengo que remediar lo antes posible.

—Pero si hasta hace poco te llenabas la boca diciendo que la amabas con locura.

—Eso creía, Fer. Me dejé llevar por la novedad —admitió Víctor—. Pero ahora estoy cien por ciento seguro de que a la única mujer que amo de verdad es a Amanda. La cagué en grande con mi soberbia, y por ser un imbécil no pude ver a la mujer maravillosa que siempre tuve a mi lado.

—Amanda es una mujer increíble, siempre te lo dije. Y con todo este enredo, ahora se ve muchísimo más segura de sí misma. No te va a aguantar una mentira más.

—Es una diosa, en todo el sentido de la palabra —murmuró Víctor, con la mente todavía puesta en la noche anterior.

Justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe.

Daniel entró rápidamente, con la corbata medio torcida y una cara de pocos amigos que encendió las alarmas de los dos hombres de inmediato.

—Espero no interrumpir la tertulia de la mañana, pero te tengo una pésima noticia, Víctor —soltó Daniel, cerrando la pesada puerta a sus espaldas para asegurar la privacidad.

Daniel caminó hasta el minibar, se sirvió un vaso de agua fría de un solo trago y miró a Fernando.

—A Víctor últimamente le llueve sobre mojado, hermano. El karma le está cobrando todo junto.

Fernando negó con la cabeza, recogiendo sus papeles.

—Él solito se buscó este desastre.

Daniel se le acercó, apoyando las manos en el escritorio con una sonrisa de pura curiosidad que le iluminó la cara, dejando atrás el susto de la recepción.

—Ajá, muy bonito el drama y todo, pero escupe. ¿De qué estaban hablando cuando entré? ¿Cuál es el chisme? Escuché clarito el nombre de Amanda.

—Después te cuento, Daniel. No es el momento.

—¡No, hombre, ahorita! —insistió, dándole un golpecito al escritorio—. No me puedes dejar con la intriga.

Fernando soltó una risa seca, agarrando su maletín de cuero.

—Definitivamente, tú no cambias, Daniel. Eres peor que vieja de peluquería.

Y así se quedaron los dos, discutiendo por el chisme en medio de la oficina, mientras Víctor caminaba por el pasillo directo a enfrentarse a su peor pesadilla.

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