Víctor corrió por el pasillo principal, ignorando por completo las miradas curiosas de los empleados y de las secretarias que se apartaban asombradas a su paso.
Vio a Amanda caminar a toda prisa hacia los ascensores y apretó el paso.
Llegó justo a tiempo para meter la mano entre las pesadas puertas de metal antes de que se cerraran por completo. El sensor se activó de inmediato y las puertas retrocedieron.
—¡Amanda, espera! —suplicó él, metiéndose de un salto a la cabina.
Las puertas se cerraron a sus espaldas, dejándolos completamente solos en ese espacio reducido.
—Amanda, por favor, deja explicarte cómo fueron las cosas de verdad —empezó a decir, alzando las manos en un gesto de paz, tratando de calmar la tormenta.
Pero no tuvo tiempo ni de parpadear. Amanda levantó la mano y le cruzó la cara con una cachetada que resonó en las paredes de acero del ascensor.
Víctor giró la cabeza por el impacto. Se quedó en silencio, con la mejilla ardiendo y sintiendo cómo se le marcaban los dedos de su esposa en la piel.
—No seas tan cara dura, Víctor —le soltó ella—. Vi perfectamente todo. No soy imbécil.
Víctor tragó grueso, sintiendo que se le hundía la vida.
—Me vas a escuchar, quieras o no —le advirtió él, acercándose un paso.
—¿Y qué demonios me vas a decir? —lo cortó ella con una risa amarga—. ¿Que todo es culpa de tu amante? ¿Que ella solita se quitó la ropa porque le dio calor? ¡No me insultes la inteligencia!
—¡Si me dejaras hablar un maldito segundo te lo explicaría! —gritó él, desesperado por hacerse entender—. Ella se me tiró encima.
—¿Por qué me humillas de esta manera? —le reclamó Amanda, ignorando sus excusas—. Encima lo haces aquí, frente a toda la empresa. Ahora sí que soy la cornuda oficial del edificio. Antes era simplemente tu esposa de mentira, pero esto ya sobrepasó todos los límites del descaro.
Víctor intentó agarrarla por los brazos para obligarla a quedarse quieta, pero ella se soltó con un tirón brusco y violento.
—¡No me toques!
—Melissa vino a la empresa porque tengo tiempo sin ir a verla al apartamento —explicó Víctor rápido, tratando de meter las palabras a la fuerza antes de que ella lo volviera a callar—. Le dejé clarísimo que no quiero estar más con ella, que esto se acabó definitivamente. Se volvió loca.
—Muy claro, sí. Clarísimo —le respondió Amanda con un tono cargado de ironía—. Prende este maldito ascensor de una vez y vete al diablo, Víctor.
Víctor apretó los puños a los costados. Se dio cuenta de que era completamente inútil intentar hablar con ella en ese estado.
Estaba demasiado herida, demasiado cerrada por lo que vió, y él solo estaba empeorando las cosas.
A regañadientes, pasó su tarjeta de acceso, marcó el botón de la planta baja para que ella bajara, y antes de que la cabina empezara a moverse, salió al pasillo.
Dejó que las puertas se cerraran, separándola de él.
—¡Mierd4! —exclamó Víctor, estrellando el puño contra la pared.
Lleno de pura rabia, caminó de regreso al área de presidencia y entró de golpe a su oficina.
Daniel estaba ahí, revisando el celular, pero Fernando no se veía por ningún lado.
—Necesito que saques a Melissa de tu oficina, así sea a empujones si es necesario —le ordenó Víctor de entrada—. La quiero fuera de esta empresa ya mismo.
—El tsunami se llama Amanda. Llegó de inoportuna justo cuando Víctor y yo íbamos a... ya sabes.
—Háblame en español, que no te entiendo.
—Justo cuando Víctor y yo íbamos a coger encima de tu escritorio.
Daniel soltó un bufido bajo y se pasó una mano por la cara.
—Santos cielos, quién entiende a Víctor... En fin, ese no es mi problema. Ven conmigo, Melissa. Tenemos que salir de aquí ahora mismo.
—Yo no me voy a ir a ningún lado sin hablar con Víctor primero —sentenció ella, plantándose firme en el suelo.
Daniel soltó un suspiro de agotamiento. No tenía tiempo ni ganas de lidiar con berrinches de amantes ofendidas.
—Querida, ustedes pueden ir a hacer sus porquerías a otro lado si les da la gana, pero a mí me mandaron a sacarte y de aquí te vas. Con permiso.
Daniel acortó la distancia en dos zancadas rápidas.
Antes de que Melissa pudiera reaccionar o correr, la tomó en peso, agarrándola por la cintura y subiéndosela al hombro como si fuera un saco ligero.
—¡Suéltame! —empezó a gritar ella, pataleando en el aire y golpeándole la espalda con los puños—. ¡Víctor me las pagará! ¡Y tú también, Daniel, suéltame ya!
—Grita todo lo que quieras, pero aquí no te quedas.
La sacó a rastras de la oficina, ignorando por completo sus insultos y los manotazos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...