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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 49

Al día siguiente, Víctor llevaba horas clavado en su escritorio, pasando las hojas de unos reportes financieros sin entender una sola palabra.

El cansancio de haber pasado la noche en blanco lo tenía destrozado y las letras le bailaban frente a los ojos.

De repente, la pesada puerta se abrió despacio y Amanda entró a la oficina.

Llevaba un traje muy elegante, el pelo recogido y la cara totalmente seria.

Se quedaron mirando en silencio un buen rato, midiéndose con la mirada antes de decir la primera palabra.

—Adelante, Amanda —le dijo Víctor, rompiendo la tensión, haciendo el gesto de ponerse de pie.

—Tranquilo, no te levantes —lo cortó ella de inmediato, avanzando con paso firme hasta quedar frente al escritorio—. No vengo a quitarte mucho tiempo. Solo vine a traerte esto.

Ella dejó caer sobre el escritorio un par de carpetas gruesas.

—¿Qué es esto? —preguntó él.

—El acta de entrega formal de la fundación y las cuentas auditadas. Y también ahí está mi renuncia irrevocable. Dejo la Fundación Grimaldi para siempre a partir de este momento.

Víctor soltó el bolígrafo y la miró a los ojos, sintiendo un pinchazo en el pecho.

—No es necesario que hagas esto, Amanda. Si no quieres verme, está bien, lo acepto. Puedo poner a alguien más de intermediario y tú sigues a cargo de tus cosas.

—No te equivoques, Víctor. No se trata de ti. No eres el sol y el mundo no gira a tu alrededor —le respondió ella con una frialdad que cortaba el aire—. Lo hago por mí. Para tu información, voy a desempolvar mi título y a empezar nuevos proyectos por mi propia cuenta.

—Si es así, entonces te felicito. Tienes talento para eso.

—No hace falta tu felicitación. Guárdatela.

Víctor apretó la mandíbula.

Todavía se sentía profundamente apenado, aplastado por el peso de la humillación que le había hecho pasar con el teatrito del disfraz.

Bajó la mirada hacia las carpetas, incapaz de sostenerle los ojos llenos de resentimiento.

Pero ese simple gesto, esa muestra de cobardía, fue la gota que derramó el vaso. Fue suficiente para que Amanda estallara por completo.

—Contéstame una sola cosa, Víctor —exigió ella, apoyando ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia él—. ¿Qué demonios te hice yo para que me odiaras tanto?

Víctor levantó la cabeza de golpe, con el rostro desencajado.

—¡Por Dios, Amanda! Lo que menos hago en esta vida es odiarte. Me importas más que mi propia vida... solo que fui un imbécil y lo descubrí muy tarde.

Amanda soltó una carcajada amarga, sin una sola gota de gracia, que resonó en toda la oficina.

—Vaya, qué conmovedor. Esas frases bonitas de telenovela no te quedan, ¿sabes? Si yo te importara una miseria, si me tuvieras respeto, no habrías necesitado inventarte un maldito disfraz de utilería para poder acercarte a mí y tocarme.

—Aunque no lo aceptes ahora, te juro que nunca fingí lo que sentía por ti en esa cama de hotel. Todo lo que te decía y te hacía era real.

Amanda negó con la cabeza, asqueada.

—No vuelvas a hablarme de sentimientos porque tú no los tienes, Víctor. Eres un monstruo.

—Tienes toda la razón en odiarme —admitió él en un susurro áspero, con una vulnerabilidad total.

—No te pongas noble ahora. No te luce.

—No estoy intentando hacerme el mártir, Amanda. No quiero parecer menos culpable. Sé exactamente lo que te hice.

—¡Entonces cállate de una buena vez! —lo interrumpió ella, respirando con dificultad por la adrenalina.

El silencio cayó pesado sobre la oficina.

Solo se escuchaba la respiración agitada de Amanda. Víctor la observaba, esperando el golpe final, sabiendo que ella tenía el derecho de destruirlo.

Amanda se acercó un paso más y lo miró fijamente, con los ojos llenos de un odio profundo, pero también de una confesión que la devoraba por dentro.

—¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto, Víctor? —le susurró con la voz temblando—. Que lo peor no fue la mentira... sino que me gustó.

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