Nadie dijo nada por unos segundos y la tensión se volvió insoportable. Amanda negó con la cabeza, soltando una risa amarga.
Sus ojos verdes brillaban a punto de llorar, mostrando un dolor puro y profundo.
—Me gustó cómo me tocabas —le escupió, mirándolo fijo, obligándose a decir la verdad en voz alta—. Me gustó cómo me veías con esos malditos pupilentes oscuros. Me hiciste sentir importante, deseada como una diosa... y ahora cada uno de esos recuerdos me da tristeza. Me avergüenzan hasta el punto de querer arrancarme la piel.
Víctor apretó la mandíbula, sintiendo que le clavaban dagas en el estómago.
—¿Eso es todo lo que sientes? ¿Pura vergüenza?
—Sí. Y quita esa cara de perro regañado, que no tienes ningún derecho de competir con mi dolor. Aquí la víctima de tus mentiras soy yo.
—Jamás haría eso, Amanda. No estoy compitiendo con tu dolor. Sé que soy un imbécil.
—Pero tú causaste todo este dolor, Víctor. Tú hiciste toda esta mierd4 con tus propias manos.
—Lo hice —admitió él, bajando la voz, asumiendo la culpa de frente, sin excusas baratas.
Amanda dio un paso hacia el escritorio, achinando los ojos, analizando cada milímetro de su rostro con puro resentimiento.
—Dime una cosa, la verdad, aunque te duela... ¿Te excitaba el hecho de que yo no sabía absolutamente nada? ¿Te calentaba verme la cara de estúpida gimiendo por otro hombre?
Víctor abrió los ojos de par en par, ofendido en el alma por la sola idea de esa perversión.
—¡No, Amanda! ¿Cómo crees que me iba a excitar eso? Me estaba volviendo loco de los celos de mí mismo. Me estaba pudriendo por dentro.
—Pues así se sintió. Como un sucio y retorcido juego de poder para ti.
La frase quedó suspendida en el aire de la oficina, pesada, cargada del veneno de la traición.
—Te odio, Víctor —susurró ella, con la voz temblando por el choque de tensión—. Te odio con toda mi alma, pero...
Amanda dio otro paso lento, acortando la distancia. Estaba furiosa, frustrada y humillada por todo lo que había pasado.
Pero su cuerpo, su traidor cuerpo, la estaba vendiendo de la peor manera.
La cercanía de él, el olor de su loción de siempre mezclada con la tensión del momento, le encendía la sangre como pólvora.
Sus pensamientos temblorosos la castigaban sin piedad, diciéndole que retrocediera, pero su cuerpo le rogaba a gritos que se entregara.
El odio siempre había sido parte fundamental de esta historia, tan fuerte y visceral como el mismísimo deseo.
Las uñas de ella se clavaron en la espalda de él a través de la camisa.
Víctor soltó un gruñido gutural, agarrándola por las caderas con tanta fuerza que estaba seguro de que le dejaría moretones, y empezó a embestirla con fiereza.
El choque de sus cuerpos era fuerte, húmedo, agresivo. La penetración era tan profunda y rápida que les sacaba el aire de los pulmones a los dos.
Follaban con la misma pasión desmedida de la primera vez en el hotel, pero ahora era mucho más brutal, porque ya no había disfraz.
—¡No te atrevas a parar! —jadeó Amanda, perdiendo la cordura, sintiendo la fricción perfecta en su interior—. ¡No la saques, Víctor, no la saques!
—No voy a ir a ningún maldito lado —le gruñó él contra el cuello, penetrándola con más saña, como si quisiera llegarle hasta el alma en cada estocada.
Amanda lo miraba a los ojos, inyectados en lujuria y goce.
Era él. Su esposo, su mentiroso, su dolor y su mayor adicción física. La irracionalidad del momento superaba cualquier barrera lógica.
Las embestidas hacían crujir la madera pesada del escritorio.
Amanda empezó a temblar entera, sintiendo el orgasmo detonar de golpe, apretando su coño con fuerza alrededor de la polla de él, gimiendo su nombre sin pudor y entregándose al sexo brutal que ambos necesitaban a gritos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...