Amanda se bajó del pesado escritorio de caoba con la respiración aún agitada.
Las piernas le temblaban ligeramente por la intensidad del orgasmo, pero su orgullo fue más rápido.
Miró a Víctor con una rabia mezclada con el rubor del sexo, y le dio un empujón fuerte en el pecho desnudo para alejarlo.
—Apártate —bramó.
Sin perder un segundo, se bajó la falda del traje, acomodándola sobre sus muslos.
Miró de reojo su fina ropa interior de encaje, ahora rasgada e inservible sobre la alfombra, y la dejó ahí tirada con total desprecio.
Víctor se subió el cierre del pantalón en silencio, observándola con intensidad.
Amanda caminó hacia el enorme ventanal de cristal de la oficina y usó su propio reflejo en el vidrio para arreglarse el cabello desordenado.
Tomó su bolso del sofá, se alisó la chaqueta y salió por la puerta principal con la cabeza en alto, sin decirle ni una sola palabra más, dando un portazo que retumbó en las paredes de presidencia.
Apenas entró al ascensor y las puertas de metal se cerraron, dejándola completamente sola, Amanda se apoyó contra la pared y soltó una carcajada.
Era una risa incrédula, cargada de adrenalina. Estaba furiosa, sí, pero por dentro se sentía increíblemente satisfecha.
Cerró los ojos y, al instante, el recuerdo de las embestidas brutales de Víctor contra el escritorio la golpeó de lleno.
Un fuerte y caliente hormigueo se le clavó directo en la entrepierna.
—Este miserable coge tan bien... ¡Maldición! —se dijo a sí misma, mordiéndose el labio inferior con una sonrisa pícara y culpable.
Buscó el teléfono en su bolso. De repente, un pensamiento completamente irracional y suicida cruzó por su mente.
Sin importarle el orgullo, buscó el contacto oculto, el número que Víctor usaba para hacerse pasar por Carlos, sin saber siquiera si él ya se había deshecho de ese chip. Escribió rápido:
“Te veo esta noche en mi habitación.”
Ni siquiera lo pensó dos veces.
Le dio a enviar, dejando que el deseo y la pasión hablaran por ella, guardando la razón y las peleas en un cajón para después. Hoy el cuerpo le pedía acción.
Mientras tanto, en la oficina.
Víctor estaba de pie, acomodándose la camisa blanca con una sonrisa de oreja a oreja que no le cabía en la cara.
Sabía perfectamente que Amanda lo odiaba con toda su alma, pero en ese preciso instante le importaba un comino.
Esta vez lo había logrado. La había follado como Víctor Grimaldi.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...