Horas después, el poco personal que Amanda había logrado contratar se había marchado a casa, dejando la firma sumida en un silencio pesado.
Ella se quedó a solas con Adriana, rodeada de planos, tazas de café frío y con el agua de los gastos fijos llegándole al cuello.
Haber abierto la oficina por todo lo alto en un distrito tan exclusivo de California había sido un salto de fe, pero la realidad financiera se la estaba comiendo viva antes de siquiera empezar a correr.
Adriana revisó una vez más la hoja de cálculo en su tablet y suspiró, frotándose la cabeza con cansancio.
—Amanda, de verdad no te quiero preocupar más de lo que ya estás, pero los números son crueles. Las cuentas simplemente no dan para terminar el mes. El alquiler de este lugar es una locura y las reservas se nos están volviendo humo.
Amanda se dejó caer en su silla, masajeándose el puente de la nariz.
—Lo sé, Adri. Lo sé perfectamente. Tengo esos números grabados en la cabeza.
—Creo que es momento de ser realistas y tragar grueso —insistió su amiga, cruzándose de brazos—. Debes usar la fortuna Grimaldi que aún te pertenece legalmente por el matrimonio, o aceptar la ayuda del canadiense. Ese orgullo tuyo no nos va a dejar avanzar, al contrario, nos va a dejar en la calle.
—No voy a tocar un solo centavo de Víctor, y ya te dije mil veces que no voy a aceptar los favores de Alexander para sentirme en deuda con él. Vamos a salir de esta por nuestra cuenta.
—No quiero ser pesimista, de verdad que no —soltó Adriana, negando con la cabeza, frustrada—, pero esto no va a funcionar, Amanda. Bueno, seamos honestas: realmente no está funcionando. Llevamos semanas abiertas y solo nos han caído proyectos enanos. No podemos mantener esta oficina con remodelaciones de cocinas.
—¡No me pongas más nerviosa de lo que ya estoy! —estalló Amanda, levantando la voz antes de respirar profundo para calmarse—. Te juro que lo lograremos. Algo aquí adentro me dice que lo lograremos. Solo necesitamos un golpe de suerte, alguien que nos dé una oportunidad real. Un solo proyecto grande, Adri, con eso nos salvamos.
El silencio volvió a adueñarse del despacho.
Adriana la miró con lástima, a punto de decirle que la esperanza no pagaba las facturas, cuando el sonido agudo del teléfono principal cortó la tensión de tajo.
Ambas se miraron con el ceño fruncido.
Era demasiado tarde para que un cliente llamara a esa hora. Amanda dudó un segundo, pero finalmente estiró la mano y descolgó el auricular.
—Firma de Arquitectura Borbón, buenas noches.
—Buenas noches, ¿hablo con la arquitecta Amanda? —preguntó una voz masculina, profunda y sumamente profesional.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Mucho gusto, mi nombre es Alfredo Reyes. Soy contratista y director de una firma de bienes raíces. Lamento la hora de mi llamada, pero he estado revisando propuestas todo el día y quería comunicarme con usted personalmente antes de cerrar mi jornada.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...