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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 74

Víctor no era un hombre de esperar. Si alguien le disparaba, él devolvía el fuego con un misil.

Entró a las Empresas Mendoza como una fiera, con la mandíbula apretada y la mirada fija.

Subió el ascensor solo; nadie tuvo el valor de entrar con él al sentir la tensión que desprendía.

Al llegar a la presidencia, la secretaria se levantó asustada, perdiendo la sonrisa al instante en que se topó con sus ojos llenos de furia.

—Un gusto, señor Grimaldi. Por favor, espere un segundo... —trató de decir ella, pero Víctor ni le paró—. Ya lo anuncio, señor, solo...

—No hace falta —soltó él con una voz que cortaba como un iceberg.

Víctor entró de un portazo, dejando a la secretaria fuera. Roberto, que estaba revisando unos papeles, levantó la vista y se quedó helado al verlo.

El miedo fue tan real que sintió que las piernas no le respondían; literalmente, se orinó del susto al ver la cara de Víctor.

—Viii-ctor... —titubeó, tratando de levantarse, pero no le dio tiempo.

Víctor no era de medias tintas.

Era un hombre que se enfurecía con facilidad y que reaccionaba de inmediato; él no dejaba las cuentas pendientes para mañana.

Se le fue encima, rodeó el escritorio rápidamente y lo tomó del pecho, levantándolo casi del asiento mientras lo estrellaba contra el respaldo de su propia silla.

—Con que tuviste las bolas de arriesgar mi proyecto y mis acciones en la bolsa, ¿ah? —le gritó Víctor, con la cara a centímetros de la suya.

—Víctor... déjame... —balbuceó Roberto, sintiendo que el aire le faltaba.

—Sé perfectamente que tú fuiste quien operó las ventas. Ya rastreé los movimientos y también sé que no lo hiciste solo —bramó Víctor con una vehemencia que hacía temblar las paredes—. ¿A qué estás jugando, Roberto? ¿Te creíste muy listo?

—Déjame explicarte, pero suéltame... me estás lastimando —suplicó el otro, pálido como un papel.

Víctor lo sacudió con desprecio, mirándolo con una repugnancia profunda.

—No te meto a la cárcel ahora mismo solo porque conozco a tu padre y es un buen tipo, un hombre de honor que no se merece la vergüenza de tener un hijo como tú. Si no fuera por él, ya estarías siendo la p*ta de algún recluso en prisión.

—Fue un error, lo admito —dijo Roberto en un hilo de voz.

Víctor lo soltó de golpe, lanzándolo con fuerza contra el sofá que estaba a un lado de la oficina.

Roberto cayó como un bulto, temblando, mientras Víctor se quedaba de pie, dominante, ajustándose los puños de la camisa como si acabara de sacar la basura.

—Ahora habla —le ordenó—. Dime quién es el pendejo que te inyectó el capital. Porque tú no tienes ni el dinero ni los huevos para hacerme frente solo.

—Me importa un carajo si sigues siendo su amigo o no —bramó Víctor—. Pero te advierto una cosa, Mendoza: si me llego a enterar de otra patraña similar, o si se te ocurre volver a cruzar tu camino con el mío, tu suerte para la próxima no será la misma. ¿Dónde trabaja ese infeliz? ¿Dónde lo encuentro?

—Tiene sus oficinas principales en el distrito financiero, en la Torre Diamante. Es el dueño de Donovan & Co. —respondió Roberto rápido, queriendo sacarse a Víctor de encima—. Pero no vayas allá a lo loco, Víctor. El tipo tiene seguridad y es muy escurridizo.

Víctor soltó una risa seca, sin pizca de gracia.

—Cree que porque tiene una oficina elegante puede joderme. No sabe con quién se metió. ¿Qué más te dijo? ¿Qué otros planes tiene para destruirme?

—Solo quería hundir tus acciones para que perdieras credibilidad y Amanda te viera como un fracasado. Quería aparecer él como el salvador, el hombre con más poder que tú —confesó Roberto, bajando la mirada—. Se la pasa hablando de que ella es demasiado elegante para estar con alguien tan impulsivo como tú.

Víctor apretó los puños, sintiendo unas ganas inmensas de ir directo a esa torre y sacar a Donovan por la ventana.

Pero se contuvo. Sabía que a un tipo como ese había que cocinarlo a fuego lento.

—Ya tengo lo que quería —le soltó Víctor, soltándole el cuello de la camisa con desprecio—. Dale gracias a tu viejo de que todavía puedes caminar, porque por mí, ya estarías bajo tierra.

Víctor salió de la oficina de la misma forma en que entró: como un ciclón. Pero ahora tenía un objetivo claro.

Alexander Donovan. Mientras bajaba en el ascensor, Víctor sacó su celular y envió un mensaje a Daniel.

“Daniel, búscame todo lo que haya sobre Alexander Donovan. Sus cuentas, sus amantes, sus deudas... hasta el color de su ropa interior. Vamos a enseñarle a este imbécil lo que pasa cuando se mete en el lugar equivocado.”

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