El ambiente en la habitación de la mansión Grimaldi era opuesto al bullicio del cóctel.
Apenas se cerró la puerta a sus espaldas, Víctor se quitó la chaqueta del esmoquin con un movimiento brusco, lanzándola sin cuidado sobre un sillón.
Amanda, por su parte, se dejó caer al borde de la inmensa cama y comenzó a desabrocharse las tiras de sus tacones, sintiendo todavía una pesada tensión en cada músculo de su cuerpo.
—Lo que me cuentas es terrible, Víctor —dijo ella, rompiendo el silencio del cuarto. Su mirada estaba fija en la ancha y rígida espalda de su marido—. Jamás imaginé que Alexander tuviera esas intenciones tan oscuras detrás de su intachable faceta de empresario.
Víctor se giró hacia ella, aflojándose la corbata con impaciencia y desabotonando los primeros botones de su camisa.
—Sí que lo es. Ese tipo me quiso arruinar recientemente y sin conocerme, Amanda. Juega sucio, no tiene escrúpulos y, por la cara de soberbia que tenía hoy en el cóctel, te aseguro que no va a parar hasta intentar meterse de nuevo conmigo.
Amanda se puso de pie, olvidándose del cansancio, y acortó la distancia entre ellos.
Sentía la necesidad de explicarse, de barrer cualquier duda que pudiera empañar lo que estaban construyendo.
—Víctor, te juro que solo acepté un almuerzo con él una vez, y fue estrictamente por lo de la donación para la fundación. No hablamos de nada más.
—Lo sé —suspiró Víctor. Sus manos, se posaron en la cintura de su mujer, atrayéndola hacia su pecho con firmeza—. Sí, pero él pensó que podía conquistarte. Escuchó los rumores de nuestro matrimonio, de que todo era un simple contrato y que estábamos distanciados. Él creyó que tenía la cancha abierta contigo.
—Te juro que nunca le di alas —insistió Amanda, mirándolo directo a los ojos—. Al contrario, él era quien insistía. Me enviaba flores a la oficina todo el tiempo, pero yo no le daba importancia. Siempre lo rechazaba con cortesía.
La mandíbula de Víctor se tensó al instante.
Recordó perfectamente el inmenso ramo de orquídeas exóticas sobre el escritorio de la firma, justo el día que ella firmó el contrato que él mismo había financiado en secreto.
—A las flores... —murmuró Víctor, traicionándose a sí mismo por una fracción de segundo al recordar el episodio en la oficina de Alfredo Reyes.
Amanda frunció el ceño, confundida por su reacción tan específica y repentina.
—No te entiendo. ¿A qué te refieres?
Víctor parpadeó, dándose cuenta de su error.
No podía revelarle ahora mismo que había estado escondido detrás de una pared escuchando cómo recibía regalos de otro hombre.
Aclaró su garganta y disimuló rápidamente.
—Lo típico de un hombre sin imaginación para conquistar. Enviar flores, intentar comprar la atención con cosas materiales —respondió, restándole importancia con un gesto despectivo—. Un recurso barato.
—Él se obsesionó solo, te lo juro, Víctor. Mi atención nunca estuvo en él, ni siquiera lo vi como un hombre.
La tensión en los hombros de Víctor se desvaneció al escuchar la voz de su esposa. Le acarició la mejilla con el pulgar, trazando con suavidad el contorno de sus labios.
—Te creo, Amanda —le susurró, y una sonrisa de medio lado le devolvió ese aire seductor que a ella le fascinaba—. A ti solo te volvió loca el falso Carlos.
Amanda soltó una carcajada suave, sintiendo que el peso de la angustia desaparecía por completo.
Rodeó el cuello de Víctor con sus brazos, pegando su cuerpo al de él.
—Jake, el señor llegó. Está en la entrada VIP.
Jake dejó el vaso de golpe sobre el escritorio y se ajustó la chaqueta.
—Oh, ya voy a recibirlo. Te encargo todo por aquí como quedamos, Mario. Que nadie lo moleste.
—Sí, perfecto.
Jake bajó por la escalera trasera hacia la zona más exclusiva del club, un área reservada para clientes intocables.
Allí, sentado en un sillón de terciopelo y con una postura rígida que denotaba un pésimo humor, lo esperaba su cliente estrella.
—Señor, un verdadero placer tenerlo en el Club Escape —lo saludó Jake, abriendo los brazos con falsa amabilidad—. Me encanta que esté aquí esta noche. Se le tratará como a un rey.
—Más te vale, Jake —respondió con voz cortante y fría—. Necesito liberar todo este estrés que cargo encima.
Jake sonrió complacido.
—Para eso estamos. Ya mismo mando a buscar a unas de las chicas.
—Búscame a la mejor —exigió, recostándose en el asiento de cuero—. No me hagas perder el tiempo.
—Excelente, señor Donovan. Le garantizo que no se arrepentirá.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...