El trayecto a la mansión se les hizo larguísimo.
Víctor venía acariciándole la pierna en la parte de atrás del auto, y la emoción del bebé se mezcló rápido con una calentura tremenda. Querían sentirse piel con piel ya mismo.
Por eso, ni bien entraron a la habitación y cerraron la puerta con seguro, la ropa voló al piso en menos de un segundo sin ningún tipo de cuidado.
Sobre las sábanas desordenadas de seda, no había prisa, solo una conexión que parecía haber renacido con muchísima más fuerza tras la revelación del embarazo.
Víctor se posicionó sobre ella, apoyando todo su peso en los antebrazos para no aplastarla. La miró a los ojos con tanta ternura que le robó el aliento a Amanda por completo.
Luego, bajó las manos, la tomó con muchísimo cuidado por las caderas y la levantó ligeramente.
La alineó con un movimiento rápido y preciso, y empujó dentro de ella muy despacio, dándole tiempo a su cuerpo para que lo recibiera por completo.
Amanda soltó un ligero gemido, cerrando los ojos con fuerza y echando la cabeza hacia atrás contra las almohadas, cuando sintió cómo él la llenaba poco a poco.
La sensación era abrumadora, cálida y perfecta.
No estaban simplemente teniendo sexo salvaje para liberar tensión como tantas otras veces; estaban haciendo el amor.
Había una pasión evidente, latiendo en el ambiente, pero envuelta en muchísimo cariño y una ternura que a Amanda le derretía el corazón.
Cada roce de su piel, cada beso que él dejaba en su cuello o en su clavícula, era un cumplido a la mujer que llevaba a su hijo en el vientre.
—Joder, amor... estás tan mojada —gruñó Víctor con suavidad contra su oído, con la voz ronca vibrando por el enorme esfuerzo que estaba haciendo para mantener el control.
Amanda no contestó con palabras. Sencillamente no podía hilar una frase coherente.
Su respuesta instintiva fue arquear la espalda, buscando más de él, buscando esa fricción necesaria, mientras clavaba las uñas en los anchos hombros de su esposo.
Un jadeo entrecortado escapó de sus labios, arrastrando a Víctor un poco más profundo en su interior.
Él la estaba follando suavemente, marcando un ritmo lento, casi tortuoso, meciéndose dentro de ella con una cautela exagerada que la estaba volviendo completamente loca.
La sangre le hervía, la emoción y las hormonas disparadas le exigían más fuerza, más de ese fuego abrasador que solo él sabía darle en la cama.
—Más fuerte, Víctor... sube el ritmo —le exigió ella, apretando las piernas alrededor de su cintura, empujando sus caderas hacia arriba en un claro reto.
Víctor se detuvo un segundo, apoyando la frente contra la de ella, respirando con pesadez.
—Cariño, estás embarazada —le recordó en un murmullo, besándole la punta de la nariz—. No quiero lastimarte ni a ti ni al bebé. Tengo que ir despacio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...