—¡¿Renunció a la custodia?!
La voz de Fernando Beltrán al otro lado del teléfono era una mezcla de shock y absoluta incredulidad.
Santiago Herrera, desde el bar de un club privado, dio un sorbo a su whisky.
—Te lo estoy diciendo. Con una calma que daba miedo. Alejandro le ofreció una fortuna, y ella aceptó sin pestañear. Ni una lágrima.
Fernando se quedó en silencio, procesando la información. No encajaba. Nada de eso encajaba con la imagen que tenía de Camila Elizalde.
La mujer que había visto cuidar con ternura a su sobrina. La mujer que había enfrentado a su cuñado con una ferocidad silenciosa. ¿Renunciando a su propia hija sin luchar?
—No tiene sentido —murmuró Fernando.
—El sentido es que finalmente se dio cuenta de que había perdido —replicó Santiago, su voz sonaba cansada—. Alejandro tiene a Valeria. Y Valeria le salvó la vida. ¿Qué podía hacer ella? Tomó el dinero y se fue. Es una decisión inteligente, si lo piensas fríamente.
Pero a Fernando no le parecía inteligente. Le parecía... monstruoso. O increíblemente triste.
—Tengo que irme —dijo, cortando la llamada.
Se quedó de pie en su oficina, mirando las luces de la ciudad. Una urgencia inexplicable lo impulsó.
Buscó el número de Camila y llamó.
¿Qué iba a decirle? "¿Es cierto que abandonaste a tu hija por dinero?". Era una locura.
Ella contestó al tercer tono, su voz sonaba un poco distraída.
—¿Fernando? ¿Pasa algo?
—Eh... no. No, nada —tartamudeó él, perdiendo los nervios—. Solo... solo llamaba para saber cómo seguía tu tobillo.
Hubo una pausa.
—Está mucho mejor, gracias. Casi curado.
—Ah, bien. Bien. Me alegro.
Fernando se quedó mirando el teléfono, más confundido que nunca.
En su apartamento, Camila ni siquiera pensó dos veces en la extraña llamada. Asumió que él, como buen tío, se preocupaba por los detalles relacionados con su sobrina.
Dejó el teléfono a un lado, su mente ya estaba en otra parte.
Frente a ella, en la pantalla de su laptop, había un mar de datos.
Estaba finalizando el artículo de investigación que había comenzado con el Dr. Reyes, un trabajo que podría revolucionar los protocolos de seguridad en la inteligencia artificial.
Se sumergió de nuevo en ese mundo de lógica pura, de patrones y posibilidades.
El divorcio, la custodia, Alejandro, Fernando... todo se desvaneció.
Solo quedaban las ecuaciones.
Abrió su laptop y la pantalla se iluminó con complejas líneas de código.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Genio Anónima: Mi Esposo Firmó el Divorcio Sin Saber Quién Soy