—¡Claro que no! No sé cómo se pudo romper el tirante…
Isabella se apresuró a explicarse. De repente, recordó que en el salón, cuando Gabriel la había agarrado del hombro, ella se había resistido. Seguramente fue entonces cuando el tirante se aflojó, y qué casualidad que se rompiera justo delante de Jairo.
—Ese truco no es nada nuevo.
—¿Así que crees que estoy intentando seducirte?
Jairo bajó la mirada hacia el lugar que ella cubría con las manos y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.
Isabella se sonrojó.
—¿Lo viste?
—¿No fue para que lo viera?
—¡Claro que no!
—¿Ah, no?
Isabella estaba tan furiosa que sentía la cabeza a punto de estallar.
—Tú… si lo viste, no puedes mentir. ¡Viste que era… muy… impresionante!
Jairo soltó una risita.
—Entonces no lo vi bien.
—¡Ja!
—¿Qué tal si me dejas verlo con más detalle ahora?
—¡Pervertido!
Isabella lo fulminó con la mirada, con los ojos enrojecidos. Vio que él volvía a sonreír, una risa grave que parecía nacer de su garganta, tan magnética que le provocó un escalofrío.
Un hombre con ese aspecto solo podía ser una tentación andante.
Se esforzó por calmarse e intentó agacharse para atar el tirante, pero como estaba tan cerca de Jairo, al bajar la cabeza, su frente chocó con su barbilla.
Asustada, retrocedió, pero su tacón se atoró con algo. Soltó un grito ahogado y se aferró a sus hombros para no caer, mientras el otro lado del vestido volvía a deslizarse.
La mirada de Jairo se intensificó.
—¿Y todavía dices que no fue a propósito?
Isabella ya no sabía cómo defenderse. Solo pudo decir, con un tono algo afectado:
—¡Tú… voltea para otro lado!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...