¿Creían que esto se iba a quedar así?
Isabella no era de las que se tragan el coraje. Después de aventarle el vino a Gabriel en la cara, le vació el resto de la botella en la cabeza. Y cuando Otilia se metió a detenerla entre gritos, también le tocó su parte.
—Isabella, ¿ya te volviste loca? ¡Detente! —exclamó Otilia, aterrada.
Gabriel se quedó pasmado un segundo antes de reaccionar.
—¡Isabella, ya te pasaste!
Se levantó de un salto, con la intención de quitarle la botella.
Como ya se había acabado el vino, Isabella la agarró por el cuello y, sin más, la estrelló contra la mesa. El cristal se hizo añicos y voló por todas partes. Como Gabriel y Otilia estaban cerca, algunos trozos les alcanzaron la cara, haciéndoles pequeños cortes.
Pero Isabella midió bien lo que hacía; sabía que las otras mesas estaban lo suficientemente lejos como para no herir a nadie inocente. Solo así se permitió desahogar su furia.
Los dos se quedaron paralizados ante su reacción. Por un momento, ninguno se atrevió a decir nada.
Isabella los fulminó con la mirada. Antes solo quería jugar con ellos, desquitarse un poco, pero ahora quería que pagaran, ¡quería verlos de rodillas, suplicando su perdón!
Y ella, Isabella, siempre cumplía lo que se proponía. Ya lo verían.
Apretó la mandíbula con fuerza y se dio la vuelta para salir.
Afuera del restaurante, al lado, había una licorería. Entró, compró una botella de tequila y se sentó en la primera silla que encontró. Se empinó la botella varias veces hasta que el ardor en la garganta empezó a calmar un poco la rabia que sentía.
«No pasa nada, Isabella», se dijo a sí misma. «Ya viste cómo son en realidad, ya no te pueden engañar. Puedes odiarlos, pero no te tortures, porque tú no hiciste nada malo».
«Si los odias, véngate con todo. No te detengas hasta que te sientas satisfecha».
«Sí, así es. Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos».
Se fue convenciendo a sí misma entre tragos, y para cuando se acabó la botella, ya se sentía un poco mejor.
—¡Hijos de su madre! ¡Ya verán! ¡Voy a hacer que uno por uno vengan a pedirme perdón de rodillas!
Después de maldecir, sacudió la cabeza y empezó a caminar de regreso al hotel.
Sin pensarlo mucho, le marcó directamente a Jairo.
—¿En qué cuarto estás? —le preguntó.
Hubo un silencio al otro lado de la línea antes de que le diera el número.
Isabella subió por el elevador en un instante. Al llegar a la puerta, justo cuando iba a tocar, esta se abrió desde adentro.
Jairo parecía que acababa de llegar. Todavía llevaba puesta la camisa blanca, con una mano metida en el bolsillo del pantalón de vestir. La miró frunciendo el ceño.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...