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Obligada A Amarte romance Capítulo 10

Richard

Luego de una consulta silenciosa conmigo, Andrea sale del despacho sin decir nada más, por lo que veo la señora Montero es de armas tomar a pesar de los años que pesan sobre su cuerpo. Estudio su fisonomía endurecida por las penas que rondan sobre ella, vivir la enfermedad de su esposo para a la final de igual manera perderlo y luego tener que llorar a su único hijo, supongo que los padres esperan ser ellos quienes se despidan de sus hijos y no al contrario.

—Supongo que se imaginó que por tener la edad que tengo era una mujer frágil —dice rompiendo el silencio mientras me observa con perspicacia—. Déjeme aclararle una cosa, se equivoca al hacer tales suposiciones sobre mí, señor Mobasseri, además en este momento no estamos tratando ningún tipo de negociación, así que la presencia de su asistente está de más —dice con la sencillez de su estatus. Me señala la silla delante de su escritorio y aun analizando sus palabras tomo el asiento que me ofrece.

—De ser así —digo, pensando en que lo mejor es hablar sin rodeos—. Entonces imagino que las sutilezas están de más —declaro—. Por lo que no veo que haya razones para extender por más tiempo lo inevitable —respiro profundo como si lo que estoy a punto de decir representará una carga demasiado pesada para mí—. Soy el nieto que perdió hace tantos años en el accidente de su único hijo y su mujer —confieso observando como su rostro pasa por todos los matices de la sorpresa.

—¡Eso no es posible! —exclama sin apartarla mirada de mí al tiempo que se pone de pie—. Mi nieto murió ese día junto a sus padres —sus palabras salen como un sollozo doloroso.

Sus manos temblorosas buscan aferrarse a la estabilidad que le otorga el respaldo de su asiento cuando sale del frente de la mesa, sus pasos antes seguros ahora se tornan dudosos, todo su cuerpo refleja el dolor que está experimentando al recordar una época muy dura en su vida.

—No, no morí ese día —hablo de nuevo con más sutileza, temo por su salud—. Fui a parar a un orfanato en donde me hice el hombre que soy —continúo notando como la mujer fuerte que demuestra ser no es más que un muro hasta ahora impenetrable y que se derrumba ante un tema tan delicado—. En mi mente infantil conservaba un vago recuerdo de su rostro, no obstante, a medida que crecía los recuerdos se hacían cada más difícil de recordar, aun así el deseo de conocer mi origen no desvaneció nunca en mi interior y cuando al fin tuve los medios empecé a indagar hasta llegar a ti —la voz me sale temblorosa.

Cuando llegue a ese orfanato tenía cuatro años y conocí a Fernando un poco menor que yo y vi en él al hermanito por el que rogaba cada día a mis padres, sin embargo, ellos nunca llegaron por mí con el tiempo fui olvidando o más bien bloqueando esos recuerdos en mi mente hasta que la incertidumbre por conocer mis orígenes se hizo incontenible.

—Te dieron por muerto —dice al cabo de unos segundos—. Nunca encontraron tu cuerpo y asumieron que habiendo caído lejos del accidente algún animal había devorado tus restos —la luz que entra por las ventanas da de lleno sobre su rostro haciendo destacar las lágrimas que surcan por los caminos de su rostro—. Tuve que haber hecho más por encontrarte y no solo conformarme con lo que dijeron los policías, pero en ese momento no tenía cabeza para más —cierra los ojos reviviendo el pasado en su mente—, mi esposo estaba grave en cama y a punto de exhalar su último aliento, quería estar a su lado cuando fui informada de lo del accidente apenas si tuve tiempo para darle un último beso y decirle adiós —camino hacia ella para ayudarla a tomar asiento cuando me doy cuenta de que pierde la fuerza de sus piernas.

Le permito llorar mientras me quedo a su lado sin proferir ni una sola palabra, solo compartiendo un momento tan íntimo con quien significa la única familia que me queda en la vida, su dolor se hace parte de mi vida y como si estuviese viviendo cada uno de los acontecimientos creo ver a través del velo de sus memorias.

—Me había quedado sola, toda mi familia se había ido en un mismo segundo dejándome rodeada de una completa y profunda soledad —continúa—. Tuve que aprender a andar sola sin nadie que me llevara de la mano, sin escuchar las risas que a todo momento circulaban entre las paredes de esta casa. Me hice fuerte para no dejarme vencer por el dolor, sin embargo, las penas me pesan cada día de mi vida —de nuevo hace silencio.

Un inmenso nudo se forma en mi garganta oprimiéndome tanto que me es difícil respirar con normalidad, quizás nunca tuve que venir a turbar la tranquilidad de esta pobre mujer, pero, ¿No, nos merecemos acaso, tratar de construir cierta felicidad juntos? ¿Juntar nuestros corazones y hacer del sufrimiento un sentimiento mínimo e insignificante? Tal vez soy egoísta al pensar por los dos y lo más probable sea que ella prefiera la soledad a la que con empeño se ha acostumbrado por tantos años.

—Lo siento, quizás no debí haber venido —digo al fin deteniendo su llanto.

—No, quizás no, porque has hacho que una anciana reviva todo el dolor de su alma en una misma hora, pero si tus palabras resultan ser ciertas, harás que esta misma anciana que ya no tenía por qué vivir, vuelva a tener un rayo de luz en su vida —dice con determinación.

—Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario, sin embargo, estoy seguro de nuestro vínculo sanguíneo —declaro—. Por otro lado, espero que no crea o piense que mi interés es por la fortuna de los Monteros, bien sabe que tengo dinero suficiente —aclaro.

—Si resultas ser mi nieto y veo en ti bondad no tendré problemas en heredarte, no obstante, si veo que eres un ser despreciable puedes olvidarte de mí —decreta volviendo a tomar esa actitud de superioridad que admire desde el primer momento en que supe de ella—. Por cierto, me gustaría ver a tu esposa —anuncia volviendo a la calma.

—Mi esposa estará en el hospital, supongo que por un par de días —informo sorprendido con la rapidez que se recupera.

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