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Obligada A Amarte romance Capítulo 13

Claudia

Ahora me siento más segura, el troglodita de mi esposo no se encuentra y en cierto modo ser su esposa me otorga autoridad sobre sus empleados, fácilmente puedo imponerme sobre ellos y ya después irme tan lejos que el imbécil de Richard Mobasseri nunca pueda encontrarme.

—¿Quiénes son estas personas Claudia? ¿Ellos te hicieron esto? —interroga demandante Isabel mostrando una actitud desafiante.

—No son nadie, por favor sácame de aquí ahora mismo —pido.

Pese a las intervenciones de la señora Clara para que recapacite mejor me dejo llevar por mi amiga al auto que aún espera, me duele comportarme de este modo con ella, que nunca se ha portado mal conmigo, ha sido como la madre que nunca tuve, tengo tanto que agradecerle fue quien me mantuvo con la mente clara durante estos dos años en los que solo desee desaparecer.

—Ya se lo dije Señora Clara, no me importa lo que le cuente a su jefe, ni siquiera me interesa conocer su reacción, soy una mujer adulta capaz de tomar sus propias decisiones y ya me he hartado de que un maldito me tenga en contra de mi voluntad encerrada en una fortaleza de concreto —grito perdiendo la paciencia ante la insistencia del ama de llaves y los hombres de seguridad que se pelean con mi amiga por el control de mi silla—. Y si la silla es el problema para dejarme ir —con ayuda de mi amiga que entiende mis palabras al instante como siempre—. Ahí la tienen, pueden metérselas por donde no da el sol, o se la preparan al ajillo a su despreciable jefe —finalizo ahogada por la ira.

Solo quiero irme ya, no quiero tener que enfrentarme a él si llega antes de que logre escapar, en realidad no estoy escapando, puesto que tengo muchos testigos que presencian la manera en la que me largo.

—No vale seguir perdiendo el tiempo, amiga, has decidido irte y es lo que haremos en este preciso momento —sentencia Isabel con esa actitud arrogante que siempre admire.

Por mucho ella es más decidida y fuerte que yo, estoy segura de que ella no habría soportado en silencio los dos años de encierro y aislamiento que yo tuve que vivir, no, ella se habría enfrentado con uñas con dientes y de alguna manera se habría largado hace mucho tiempo. Tal y como cuando decidió no depender de su familia de ningún modo, por lo que se salió de su casa, encontró trabajo de mesera y después de eso no sé nada más al respecto.

—¡Quítate de nuestro camino! —exclamo al orangután que tengo enfrente.

—Señora, no puedo hacerlo, el señor —balbucea el tipejo.

—¿Vas a desobedecer la orden de la esposa de tu jefe? Te aclaro una cosa, indistintamente de las circunstancias que existen entre mi esposo y yo, si a mí me da la gana te quedas en la calle y sin posibilidad de otro empleo como este —le digo susurrante, como envenenando mis palabras para sembrar la duda en su mente—. Ahora apártate —repito.

Veo en sus ojos como se debate entre sí obedecer a su jefe o a mí, mantengo los ojos clavados sobre él con determinación. De pronto recompone su semblante y de nuevo se muestra seguro haciendo que dude de mí misma. Entonces lo escucho y entiendo el motivo, maldición.

—Déjala ir si es lo que quiere, señora Clara, entréguele los medicamentos que debe tomar y sus cosas, llévate el auto y la silla te serán necesarios —dice con voz afectada—. Cuando te encuentres más tranquila, me gustaría que habláramos sin insultos, por favor —pide antes de girarse e ingresar al edificio.

—Ordénale a tus hombres que no me sigan, mi amiga puede conducir, no quiero que sepas donde estaré —respondo deteniendo sus pasos.

—Eres mi esposa, puedes hacer, decir y ordenar que las cosas se hagan como tú quieras. No me necesitas para eso ni para nada en realidad —me contesta sin ni siquiera girarse a verme de frente, me quedo en medio de la acera sostenida por Isabel viendo cómo se pierde de nuestra vista y por primera vez siento desolación, una desolación real y extraña.

—Ya escucharon, no quiero que nos sigan —digo varios segundos después.

Isa me ayuda a acomodarme de nuevo en la silla mientras ella se acerca al taxi y cancela el consumo para luego volver y ayudarme a subir a la camioneta, me hubiese ido mejor con el auto de mi esposa, al menos es más bajo y fácil de subir o bajar. La señora Clara me entrega unas bolsas con varios medicamentos, analgésicos y antibióticos mayormente, algunas vitaminas y algo para ayudarme a dormir, seguramente le contó sobre mi continuo insomnio. Le agradezco por todo y me disculpo por haber sido tan dura con ella, no fue mi intención hacerla sentir más, sin embargo, me dice que lo entiende, que sabe que no he tenido una vida fácil y que después de un día a otro me encuentro casada con alguien a quien no conozco realmente. Me deja ir no sin antes pedirme que escuche a Richard, que me dé la oportunidad de conocerlo de verdad.

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