Claudia
Ya han empezado a disminuir la sedación, al parecer la inflamación ha disminuido por completo y ya no representa ningún riesgo, por otro lado, unas personas totalmente desconocidas para mí se encuentran en la sala de espera, esperando por mí para que les informe sobre la salud del señor Mobasseri. La señora Clara me dice que es un viejo amigo de mi esposo, ¿Pero qué hace aquí? ¿Quién le dio aviso de la situación de Richard? Como debo de presentarme delante de ellos, no quiero que más personas me vean como a la esposa, cuando entre él y yo se mantiene sobre la mesa el tema de la separación.
—En un par de días, debería de estar completamente consiente, por ahora la dosis de sedación se ha reducido y queda de parte de su cerebro recobrar el control de sus funciones —informa la doctora sacándome de mis pensamientos.
—Muchas gracias, doctora —contesto, observando cómo sigue igual que hace un momento, con sus ojos cerrados e inmóvil, supuse que despertaría al instante.
—Usted debería descansar un poco, no se ve nada bien y estar aquí mientras su esposo permanece dormido no le hace bien a ninguno de los dos —comenta—. Cuando despierte, él la necesitara fuerte, no solo por él, sino por usted misma, estoy segura de que su reacción no será la más pacífica —continúa ofreciendo una sonrisa.
—Gracias, tomaré en cuenta su consejo —alego, pensando en que ahora debo ir a ver quién son las personas que se dicen amigos de mi esposo, la doctora chequea una vez más los signos de mi esposo y se retira.
Salgo detrás de la doctora dejando a cargo a la señora Clara de su jefe, me deslizo por el pasillo hasta llegar a la sala de espera, hay varias personas en esta área, sin embargo, una pareja en especial llama mi atención, la mujer lleva el cabello largo y rojo, sus ojos son de un verde puro destacando su mirada franca, el hombre a su lado, quien supongo es su esposo, por la forma en que la sujeta, es casi tan guapo que mi falso esposo, cabello y mirada oscura, alto, definido y de hombros anchos, un dios griego en todo el sentido de la palabra.
—¿Ustedes son las personas que preguntan por la salud del señor Mobasseri? —interpelo.
El tipo me mira interrogador al tiempo que una expresión divertida pasa por su cara como un destello.
—Creí que sería la señora Mobasseri quien vendría —argumenta—. Sin embargo, sí, nosotros somos las personas que están interesadas en la salud de Richard —continúa.
—Soy la esposa, efectivamente, ¿Quiénes son ustedes? —uso un todo defensivo, no conozco nada de la vida de mi adorado esposo y por esa razón no sé si sea un enemigo o un amigo.
—Me parece que está siendo algo grosera —masculla entre dientes.
—Amor, mantén la calma. Recuerda que somos unos desconocidos para ella es normal que se comporte de esa manera si se trata del hombre que ama —interviene la pelirroja—. Yo actuaria de peor manera si se tratase de ti —las miradas de ambos destellan como luces de navidad cuando se encuentran la una a la otra.
Sin embargo, me quedo atrapada en la frase “el hombre que ama” yo no estoy enamorada de mi esposo, simplemente siento una atracción física, que supongo es norma, el hombre es muy guapo además de seductor y pues yo no soy inmune a ese tipo de cosas.
—Tienes razón mi vida, es por eso que eres la mujer que le da razón a mi vida —comenta cursi—. Perdone, soy Fernando Rodríguez y más que un amigo, soy el hermano de su esposo, según me parece Richard tuvo el accidente luego de hablar conmigo por teléfono, me siento responsable de lo que sucedió porque prácticamente le obligue a salir de la ciudad, sin embargo, nunca pudo llegar al aeropuerto —me deja descolocada todo lo que dice.
—¿Así que usted es por quien él saldría de la ciudad? —cuestiono sin voz.

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