Claudia
Luego de aquella reveladora conversación entre los dos, han pasado dos semanas en las que el trato entre los dos ha sido bastante amable, diría que rayando en lo tierno, sobre todo de su parte. La inflamación de su rostro ha disminuido y ya casi no queda nada de los moretones. Fernando, el amigo de mi esposo, se ha quedado en la ciudad todo esté tiempo, pero según tengo entendido no puede descuidar su empresa tantas semanas, por los que este fin de semana regresa a su vida.
Su esposa me agrada mucho, he conversado sobre muchas cosas con ella, causando los celos de Isabel en un principio, pero que ahora que también la conoce dice amarla. La verdad, Celin, es una mujer bastante agradable y humilde, no tiene aires pretensiosos ni mucho menos se cree superior que nadie, según me ha dicho sus orígenes son más humildes, no al punto de morir de hambre, pero si en ese punto exacto en el que te tienes que apegar a un presupuesto para poder sobrevivir. Su esposo le ha ayudado a crecer, tanto interna como externamente, se ha especializado en estética, por lo que cuenta con salones spa dónde sus amigas son sus principales clientas.
—Hola, ¿Cómo estás? —volteo para saludar a Fernando.
—Hola, bien. No sabía que venías hoy, permite que te llame a Richard —digo.
—No, espera. Me gustaría hablar contigo —dice deteniendo mis pasos. Me quedo parada esperando mientras veo como busca la manera de tocar el tema que sea que quiere hablar conmigo, aunque imagino cuál es.
—Supongo que se trata sobre mi matrimonio —digo—. No te preocupes, que si Richard y yo nos llegamos a divorciar, yo no me aprovecharé de sus millones, no tengo necesidad de nada y no porque tengo tanto que me sobre, sino porque es su dinero ganado por él sin mi ayuda y que además ya tenis antes de este matrimonio en el cual yo no estuve de acuerdo —señalo segura de mis palabras.
—Richard te daría todo sin dudarlo, él te ama, no sé cómo ni porque, pero él ve más en ti de lo que te imaginas, únicamente quería suplicarte que le des una oportunidad de entrar en tu corazón —alega dejándome sin palabras.
—No te has dado cuenta de que mi corazón ya le pertenece —contesto con una débil sonrisa —, es la razón la que no me deja darle rienda a mis sentimientos para que se empapen en sus sentidos, la cordura me hace cohibida a pesar de que entiendo de que él actuó de manera desinteresada en todo esto —digo y lo dejo con la palabra en la boca.
Todos a nuestro alrededor se empeñan en obligarme a someterme a algo que no deseo, por mucho que lo quiera, por experiencia sé que lo que mal inicia mal acaba y prefiero mantenerme así antes de tener que sufrir más adelante. La señora Montero, que ya confirmo su afinidad con mi esposo, la señora Clara, Celin, Isabel y ahora Fernando, todos insisten en lo mismo sin detenerse a pensar en mí, son tan egoístas que únicamente intervienen por lo que ellos desean y por los sentimientos de Richard Mobasseri.
—Hola, ¿Estás bien? —pregunto siendo recibida por una calidad sonrisa.
Si me hace estremecer, brincar internamente de la emoción, pero no me llena del todo. Él prometió darme romanticismo y entiendo que por el momento no puede del todo, pero la pregunta real es; ¿Será suficiente para mí?
—Señora Mobasseri, no sabe el gusto que le da a mis ojos —comenta, si su forma de expresarse es algo extraña en este sentido.
—Fernando está en la sala, ¿Quieres verlo allá o lo hago pasar a tu habitación? —pregunto.
—Mejor en la sala, necesito estirar un poco las piernas —dice y se incorpora con ayuda de un bastón.
Por absurdo que parezca es una suerte que el mayor daño lo recibiera en la cara, he tratado de imaginar cómo fue su caiga, pero cada uno de los escenarios que se presentan en mi imaginación me parecen inverosímiles, aunque fue un accidente y en ese momento hasta lo más descabellado puede suceder.
—Ven, te ayudo —le ofrezco el brazo para que tenga mejor soporte—. En unas dos semanas podrás hacer tu primera cirugía —comento.
—Sí, el doctor ha dicho que estoy sanando bastante rápido y que si continúo así en pocos meses seré mucho más guapo que antes —dice con algo de gracia.
—Ya te he dicho mil veces que no te hace falta una cirugía para ser guapo, ya lo eres y desde que decidimos hablar te me haces cada día sin más atractivo —confieso.
—Pero no lo suficiente como para derribar los muros que aún te rodean, lo sé, me he dado cuenta de que tienes miles de dudas, pero te juro que gastaré cada segundo de esta puta vida para convencerte de quedarte a mi lado —son estás palabras las que inclinan la balanza a favor del corazón.
—Si continúas así, es posible que termines de convencerme —comento antes de llegar a la sala donde Fernando espera por él—. Les traeré café —informo y me esfumo con el corazón latiendo a mil por horas.
Muy en el fondo sé que yo soy la única que pone esos muros entre los dos, no quiero salir herida, el pago por mí cuando ni siquiera me conocía y ahora dice amarme. Sirvo los cafés y los dejo en la mesita del centro, al tiempo que el timbre de la puerta suena, veo pasar a la señora Clara en dirección a la entrada, sin embargo, dos segundos después vuelve pálida como un papel, es como si hubiese visto un fantasma.
—Señora Clara —me precipito sobre ella—. ¿Se siente bien? —pregunto alarmada.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Obligada A Amarte