Claudia
Nunca debí fiarme de sus palabras ni dejar que la opinión de todos influyera en mis decisiones, asumo mi culpa al querer quedarme a su lado para apoyarlo, pero ahora tiene a su esposa que sea ella quien le ayude, es un maldito mentiroso que sabe bien como manipular a las estúpidas como yo. No sé quién me manda a creer en sus palabras bonitas y a dejarme embaucar por esa mirada que es capaz de derretir a quien sea.
No entiendo cómo fui tan imbécil de enamorarme, porque sí, me enamore como una imbécil de ese hijo de perra, al menos paso ahora en este punto antes de que doliera mucho más, pero ¿Qué digo? Ya duele hasta en lo más profundo de lo profundo de mi alma.
—Tiene que haber una explicación para todo esto, no te dejes llevar, por lo que ahora sientes —comenta Fernando, que amablemente se ofreció a llevarme, aunque aún no sé a dónde ir, no quiero ir con Isabel.
—¿Sabías que tiene un retrato inmenso en la mansión en la que me recluyo durante dos años? —pregunto—, claro que hay una explicación, es un maldito enfermo que no soporto la ausencia de su esposa perdida y quiso reemplazarla conmigo —digo sintiendo de nuevo como las lágrimas salen de mis ojos.
—Él no es de ese tipo de hombres que juega con las mujeres, te doy mi palabra de que de verdad existe una explicación —insiste.
—Es tu amigo, es obvio que vas a defenderlo, pero pregúntate que tan bien lo conoces, porque hasta tú desconocías que él estuviese casado y no solo conmigo, ignoras muchas cosas de su vida, entiende que no son los grandes hermanos que quieres creer —respondo.
—Todos tenemos secretos, y no por eso dejamos de ser quienes somos, estoy seguro de que si lo escuchas entenderás los porqués de todo, yo al igual que tú me siento enojado con él, por haberme ocultado tantas cosas, por no confiar en mí para contarme lo que le sucedía, pero entiendo que a veces las personas nos cerramos en nuestro mundo y alejamos a todos los que nos rodean, por egoísta, estupidez o simplemente porque somos hombres y por naturaleza somos unos idiotas —alega—. No sé si mi esposa te haya contado como fue que nos conocimos, pero para que entiendas, casi la atropello —hasta el momento no había querido escuchar sus palabras, pero su confesión llama mi atención.
—Ella no dijo eso, dijo que desde el primer momento en el que te vio se enamoró de ti, pero que tuvieron que pasar por muchas situaciones para poder estar juntos —señalo interesada en saber más.
—Estoy en mi tercer año libre de cáncer, cuando me entere yo estaba casado con otra mujer, una chica muy especial para mí y que forma parte de mi vida como mi mejor amiga, como siempre lo ha sido, en fin un día frustrado lleno de rabia con la vida que me había tocado salí de casa manejaba a alta velocidad en el camino me aconteció un mareo la vista se volvió borrosa perdí el control y un árbol fue lo que me detuvo, ella iba pasando en ese momento, pero corrió cuando me vio y por suerte solo tuvo unos raspones, fue ella quien se ocupó de llamar una ambulancia yo no la vi hasta dos días después —no me creo lo que dice—. En fin me divorcié e inicié una vida con ella, sin embargo, lo que importa en todo esto es que por imbécil había rechazado la opción de un tratamiento, simplemente me entregue a la muerte y fue por ella que levante la cabeza, ella comprendió desde un principio que necesitaba de su orientación para continuar —finaliza.
—Puede que la gran mayoría sean unos idiotas, o que tú lo hayas sido, sin embargo, enterarte de que te vas a morir no es algo sencillo de asimilar, en cambio, él no tiene justificativo para ser un maldito perro ególatra —afirmo.
—No, no lo tienes y por eso es mucho más imbécil que yo —coincide conmigo—, por cierto, no es que me desagrade tu compañía, pero no me has dicho a donde te llevo —alega.
—No tengo a donde ir realmente, déjame en cualquier parte en algo pensaré —digo sintiendo pena de mí misma.
—No puedo hacer eso, primero tendría que partirle la cara cuando se ponga intenso, pero con mi mujer no puedo hacer lo mismo, estoy seguro de que me cuelga de las pelotas si te dejo en medio de la calle —dice pensativo—. Mejor te llevo con ella, las dos son mujeres y quizás te sirva desahogarte con ella, no tiene un vínculo como tal con Richard, de hecho creo que piensa lo mismo que tú sobre él —propone y enseguida gira el auto con la nueva dirección.
—No quiero causar problemas, mejor déjame en la calle —pido.
—¿Quieres cargar con mi muerte en tus hombros? —pregunta con burla—, no dejes a mis hijos huérfanos de padre, por favor.
Ni que hablar, no insisto más en lo mismo y permito que me lleve con su esposa mientras me sumerjo en el silencio de nuevo. Quiero morir, todo se fue a la mierda, si tan solo pudiera largarme, pero estoy prácticamente en la calle, sin dinero, sin casa, sin trabajo, sin nada que me ayude a no depender de la caridad. Pasan diez minutos antes de que el auto se detenga frente a un edificio, supongo que tienen un departamento aquí, bueno viendo el dinero que tienen, supongo que gozan de una propiedad donde sea que vayan.
—Bonito edificio —comento.
—Gracias, es mío, aunque nada más ocupamos todo el piso superior —dice con total tranquilidad.
—Y yo ni siquiera tengo en que caerme muerta —murmuro.

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