Andrea
Creo que Richard comete una equivocación, pero no soy nadie para corregirle siempre que le doy mi opinión sobre sus cosas, término con las tablas en la cabeza y ya me canse de estar escuchando sus groserías cada vez que la progesterona se le sube, es peor que una mujer menstruando, luego dicen que somos nosotras las complicadas. Si tan solo se diera cuenta de que puede ayudar a Hannah sin tener que sacrificar lo que siente por Claudia, y por lo de su matrimonio, Hannah está legalmente muerta, por lo tanto, su única esposa es Claudia.
En fin, yo estoy únicamente para seguir órdenes, pero ojalá pudiera encontrar a otra persona que se hiciera cargo de buscar a la resucitada y llevarla a su castillo de fantasía, no sé por qué algo no me cuadra a pesar de que las evidencias demuestran que su historia es real o tal vez sea solo que le tengo idea por la manera en la que presuntamente había desaparecido. No es que me moleste no haber podido lograr tener una relación más duradera con Richard por culpa de su recuerdo, no, no es eso, estoy segura, igual él y yo somos incompatibles, pero si me saca de quicio que esa mujer con un solo chasquido de sus dedos ponga de cabeza la estabilidad de un hombre tan increíble como mi jefe.
—Andrea, estamos llegando —dice Darwin sacándome de mis pensamientos.
—Es hora de poner mi cara de mujer profesional —contesto mirándolo a través del espejo retrovisor.
—¿Celos por el jefe? —cuestiona burlón.
—Pesar por las idioteces que hace —bufo provocando que se ría a carcajadas, si Richard se llega a enterar de estas conversaciones es capaz de botarnos a todos.
—Espera, te acompaño, no puedes entrar en un lugar así sola, podrían hacerte algo —comenta antes de que baje.
Una vez ha recuperado su semblante serio sale del auto y me espera para que camine a su lado, por suerte no tenemos que entrar al tugurio de mala muerte, la resucitada sale justo antes de que lleguemos a la puerta, luce deprimente, el labio inferior lo tiene roto, el cabello grasiento y la ropa sucia, podría decir que apesta.
—Señora Hannah —pronuncio llamando su atención—. Soy la asistente personal del señor Richard Mobasseri, y él me ha ordenado que la lleve al departamento donde la espera —informo con expresión seria y profesional.
—No, él me quiere alejar de su lado para tenerme de nuevo encerrada y yo ya no podría soportar más golpes, no —balbucea mirándonos con terror.
—Le aseguro que el señor Mobasseri no le causara daños físicos —señalo mientras trato de acercarme, pero se aleja negando y por último sale corriendo, al tiempo que grita que no quiere que se la lleven.
Le pido a Darwin que la atrape antes de que la perdamos de vista, la muy perra es rápida y le saca ventaja, yo me quedo a esperar, nunca en mi vida he realizado ningún tipo de actividad física a menos que sea en la cama y con un hombre, además ni loca arruino los tacones que con tanto esfuerzo me compre. Le sonrío a Darwin cuando regresa con la mujer tomada del brazo, se ve agitado y varias gotas de sudor se deslizan por su frente.
—Te hace falta ejercicio, querido —murmuro antes de concentrarme en la esposa no muerta de mi querido amigo—. Señora, Hannah, le prometo que estará bien, nadie le hará daño, el señor Richard únicamente quiere ayudarla a que esté mejor —su mirada me conmueve, parece un pajarito con el ala rota, se ve tan indefensa y vulnerable.
—Me promete que estará conmigo, no me deje sola con él —balbucea asustada. Asiento con una sonrisa y con cuidado la conduzco al auto en el que luego de embarcarnos nos ponemos de marcha, le envió un mensaje a Richard para informarle que ya voy de vuelta con su adorada esposa, recién llegada de sus vacaciones por el inframundo, además, le comento la manera en la que nos recibió y el estado en el que va, que por mucho que me cueste aceptarlo para nada se nota fingido.
Es muy probable que la actitud que demostró delante de Claudia se deba a una simple reacción del momento, ella llegó con una esperanza y se encuentra con que fue reemplazada, se vio sin salida y bueno hizo que Richard desconfiara de sus palabras.
—La mujer que se parece a mí, ¿Estará también presente? —pregunta rato después.
—No, ella no estará —contesto sin dejar de ver el destello de sonrisa que se desliza por sus labios—. ¿Quieres que ella este presente? —cuestiono.
—¡No! —exclama perdiendo por un segundo su papel de ave herida—. Lo siento, no, no quiero, ella quiere robarme el amor de Richard y lo ha puesto en mí contra —dice queriendo volver a tener el control de su actuación.
Ahora más que nunca pienso que algo no cuadra en todo esto, por poco me convence a mí también, pero se le olvida que soy mujer al igual que ella y que me conozco todas nuestras artimañas, y sin bien yo no me valgo de ninguna para conseguir lo que quiero bien que sé reconocer cuando una arpía las pone en práctica, sin embargo, no me conviene comentarle sobre nada de esto a Richard no lo entendería, obvio que no, los hombres nunca lo hacen, dios no les dio una mente más hábil para este tipo de situaciones que implican líos de faldas.

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