Claudia
La enfermera me ayudo a que pudiera acariciar la mano de Richard, dice que eso es muy bueno para los dos porque el cuerpo sana cuando siente a la persona amada cercana, ella dice que cree en el poder de sanación que otorga el universo y el hecho de estar en paz tanto interna como externamente. Me rio apenas cuando hace la comparación con los perritos, cuando un cachorro está enfermo o se siente mal le basta solo con que su dueño le abrace y lo mime para que se recupere rápidamente, es por eso que sentir el amor y el cariño de las personas a nuestro alrededor nos hace tanto bien.
Es bastante reflexiva para lo joven que aparenta ser, me agrada mucho mi enfermera Molly, poco a poco voy sintiendo que los músculos salen de su letargo y pierden el entumecimiento, al cabo de un rato me vuelve a dejar sola y se lleva la charola. Aprovecho ese tiempo para hablar con Richard y confesarle mis deseos y miedos, explicarle el porqué me sentí tan confundida y pedirle perdón por haberme ido sin detenerme a pensar en que lo mejor era quedarme a luchar por su amor, me deje llevar por los impulsos, por el dolor del momento.
Ver a Hannah allí, descubrir que tuvo una esposa que creía muerta y que nunca me lo confesó, creo que fue lo que más me impacto, y más cuando el retrato de ella sigue colgando en aquella prisión en la que estuve por dos años. Sentí como si él la hubiese buscado a ella en mí, el parecido es increíble, aunque no somos dos gotas de agua, eso es más que evidente. Además de que sus sentimientos y su personalidad son totalmente contrarios a la mía, yo sería incapaz de causar o de infligir algún tipo de daño en otro ser vivo con la sangre tan fría como lo demostró ella.
—Buenos días, señora Claudia —la voz de un hombre me trae de vuelta a la realidad—. Soy el doctor Esteban Medina —es un hombre maduro, con la frente serena y mirada clara, se nota la amabilidad en sus movimientos y la costumbre del pensamiento se denota en la forma en como arruga el entrecejo.
—¿Ya es de mañana, que hora es? —es lo primero que pregunto, no recuerdo haberle preguntado a la enfermera la hora, pero sí que he estado despierta desde que abrí los ojos y la verdad me siento todo menos con sueño.
—Casi amanece, apenas los primeros rayos del sol empiezan a aparecer en el firmamento, pero no se preocupe por eso, mejor hábleme de usted, como se siente, recuerda lo que sucedió —contesta al tiempo que observa la hoja de mi historia en la que la doctora que vino antes dejo apuntes—. ¿Cómo sigue de la cefalea? —pregunta y de nuevo me examina del mismo modo que lo hizo la doctora.
—Se me quito, ya no siento ningún dolor de cabeza —contesto mientras me dejo hacer.
—Es común que haya sentido dolor de cabeza, mareos, debilidad y es muy posible que dichos síntomas se extiendan por algunas semanas, pero irán desapareciendo a medida que usted se recupere, tendrá que tomar suplementos vitamínicos para salir de la anemia originada por la pérdida de sangre, que aunque le realizamos transfusiones de sangre sigue presente —explica—. ¿Recuerda lo que le sucedió? ¿Cómo llego hasta aquí? —cuestiona una vez ha terminado el escrutinio físico.
—la verdad no recuerdo mucho, pero sé que iba con mis amigas en el auto y de pronto fuimos atacadas, intente huir, sin embargo, me llevaron a un lugar desconocido en donde no sé cuánto tiempo estuve hasta que llegaron junto a Richard —un sollozo sale de mi garganta de manera incontrolable—. Luego lo golpearon y nos dejaron allí para que muriéramos sin que nadie nos encontrara, lo demás es muy confuso, me parece haber visto a varios hombres sacándonos de ese sitio, pero la verdad eso es algo que está muy borroso en mi mente —confieso al tiempo que giro la mirada hacia Richard.
—Su esposo estará bien —comenta antes de que yo pueda hacer cualquier pregunta—. Quizás no vuelva a ser el mismo de antes, su rostro sufrió daños severos, pero quizás en un futuro pueda encontrar algo de ayuda, por lo pronto lo mejor es que ambos descansen —reitera colocándose a la base de la cama.

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