Capítulo 11
CAPÍTULO 9
El olor a antiséptico y el suave zumbido de los monitores se iban apagando a medida que la adrenalina de la cirugía descendía. La operación del ovejero alemán había sido un éxito rotundo; la hernia estaba reparada y el animal dormía plácidamente en la sala de recuperación. Para Lucía, salvar una vida era la única validación que necesitaba, el único momento en el que el mundo tenía un orden lógico.
Lucía se quitó los guantes de látex con un chasquido seco y los arrojó al cesto de residuos biológicos. Alina, que había estado asistiendo con la succión y el instrumental, se bajó la mascarilla y suspiró con alivio.
- Eres una maga con el bisturí, Luci -dijo Alina, apoyándose contra la mesada de acero inoxidable -. Ese perro va a correr maratones en dos meses.
Lucía sonrió débilmente, lavándose las manos con movimientos mecánicos.
- Gracias, Ali. Al menos algo salió bien hoy.
Alina la observó con preocupación mientras Lucía se secaba las manos y empezaba a quitarse la bata quirúrgica.
- Entonces... cuéntame, Lucía. ¿Cómo es eso de que ya no vivirás acá? -preguntó Alina, aunque ya conocía la respuesta. Solo necesitaba procesarlo -. Sé que es una locura, pero... ¿realmente te vas a ir?
Lucía asintió, sintiendo un peso en el pecho.
- No tengo opción, Alina. Mi "esposo" apareció con un decreto real bajo el brazo. El abuelo despertó, quiere a toda la familia reunida bajo el mismo techo para jugar a la casita feliz, y eso me incluye a mí. Es la cláusula catorce del contrato. Si no voy, Alexander pierde la herencia, y si él pierde el dinero... -Lucía dejó la frase en el aire. Si Alexander caía, su clínica y la estabilidad económica no cambiaría. Ella sentía que le debía algo a ese hombre.
-Ya veo-murmuró Alina, mordiéndose el labio-.
Serán la pareja feliz del año. La portada de revista perfecta.
- Seremos una farsa bien vestida -corrigió Lucía con amargura, recogiendo su cabello-. Pero seguiré trabajando aquí. Eso no es negociable.
Esta es mi clínica, Alina. Vendré todos los días a primera hora.
- Todo saldrá bien, Luci. Eres la persona más fuerte que conozco. Si pudiste con la carrera de veterinaria trabajando de camarera, puedes con un abuelo gruñón y un marido ausente.
En ese momento, el teléfono de Lucía vibró sobre la mesa metálica, rompiendo el momento de intimidad. La pantalla se iluminó con un nombre que todavía le resultaba extraño ver agendado:
Alexander De la Vega.
Lucía leyó el mensaje y rodó los ojos.
- Es él.
[En 25 minutos estaré fuera de la casa. No me gusta que me hagan esperar. Ten tus maletas listas] Alina soltó una carcajada nerviosa, espiando la pantalla.
- Vaya modales. Te diría que es una tortura, amiga, pero... siendo honestas, ese hombre es guapísimo. Tiene esa vibra de "dueño del mundo" que, aunque sea insoportable, es magnética. Ya quisiera yo compartir cama con un hombre así, aunque fuera solo para mirarlo dormir.

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