Capítulo 114
- Excelente -murmuró Fernando, con una sonrisa depredadora-. Pronto estaré listo para irme a otro lado y comenzar de nuevo. Asegúrate de que no quede ni un solo rastro digital en los servidores de VegaCorp.
- Descuide. Hemos plantado las migajas necesarias para que, si alguien nota el agujero financiero, la auditoría apunte directamente a la gestión administrativa de Alexander.
Fernando colgó y guardó el teléfono. Se senta invencible. En pocos días tendría suficiente dinero para vivir tres vidas con lujo absoluto. Sin embargo, al mirar hacia el campamento, sus ojos buscaron instintivamente la figura de Lucía. La vio a lo lejos, riendo mientras ayudaba a un niño a anudar un cordón.
Una idea repentina y descabellada cruzó su mente, una que no estaba en el guion original de su huida.
"Y si le pido a Lucía que escapemos juntos", pensó.
"Si le muestro que tengo el poder y el dinero para darle la vida que siempre soñamos, lejos de la frialdad de Alexander y de las víboras de su familia...".
Fernando sabía que Lucía lo despreciaba ahora, pero estaba convencido de que era solo por el dolor de la traición pasada. En su arrogancia, creía que si ella veía el botín, si veía que él había vencido a los De la Vega robándoles en su propia cara, ella volvería a verlo como el héroe de su infancia.
- Volver a comenzar -susurró para sí mismo, mientras el viento movía las ramas-. Tú y yo, Lucía. Como debió ser desde el principio.
Sin guardar el teléfono, volvió a marcar el número que acababa de colgar. Su respiración era agitada, presa de una mezcla de ambición y locura.
- Soy yo otra vez -dijo en cuanto escuchó el clic de la línea-. Necesito un cambio de planes.
- ¿Problemas, señor Castillo? -la voz distorsionada sonó fría y mecánica.
- No, no es un problema. Necesito un segundo juego de documentos. Una nueva identidad completa: pasaporte, cuenta bancaria vinculada y registros civiles.
Fernando apretó el teléfono contra su oreja. Un mes. Eso significaba que tendría que seguir fingiendo, seguir soportando las humillaciones durante un tiempo más. Pero el premio valía la pena.
- Está bien -aceptó Fernando-. Háganlo. Quiero que esos papeles sean perfectos. Que nadie pueda encontrarla una vez que nos hayamos ido.
- Entendido. No vuelva a llamar a menos que sea una emergencia.
La línea se cortó. Fernando guardó el aparato en su bolsillo, sintiendo un calor victorioso en el pecho.
Miró hacia el campamento y localizó a Lucía, que en ese momento estaba riendo con la hermana superiora.
Se dio la vuelta para regresar al campamento, ignorando que, desde la distancia, el abuelo Augusto lo observaba con binoculares desde el porche de la cabaña, con una expresión que sugería que no todos los secretos permanecían ocultos en el , bosque.

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