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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 115

Capítulo 115

CAPÍTULO 64

A diferencia de Rodrigo y Elisa, que se paseaban por el claro como si estuvieran en una inspección sanitaria obligatoria, sus hijos, Thiago y Benicio, rebosaban una energía que ni siquiera el sol de la tarde lograba mitigar. Sin embargo, una pequeña nube de frustración ensombrecía sus rostros mientras guardaban las estacas sobrantes de su tienda.

- No es justo, Ben -masculló Thiago, el mayor de los hermanos-. Flor y Mateo ganaron el premio porque su tienda parece una revista de arquitectura.

La nuestra se inclina hacia la izquierda.

- Es culpa de papá -respondió Benicio, pateando una piña-. Se pasó todo el tiempo quejándose de la falta de Wi-Fi en lugar de ayudarnos a tensar las cuerdas.

- ¡Escuchen todos! -la voz de Luis, el asistente de la clínica y ahora coordinador de juegos, retumbó a través de un megáfono de plástico-. ¡Olviden las tiendas! ¡La verdadera competencia empieza ahora!

¡La gran búsqueda del tesoro ha comenzado!

Los ojos de los hermanos De la Vega se iluminaron.

Esta era su oportunidad de redención. Sin pensarlo dos veces, ambos niños corrieron hacia la zona donde Alexander intentaba, infructuosamente, sacudirse el polvo de su camisa de marca.

- ¡Tío Alexander! ¡Tío, tienes que estar en nuestro equipo! -gritó Thiago, agarrándolo de la manoEres el más alto y el más listo, ¡contigo ganaremos seguro!

Alexander miró a sus sobrinos. Aunque su instinto inicial era retirarse a la sombra de la cabaña para procesar el desastre de su propia tienda, la mirada de pura esperanza de los niños lo desarmó.

- Está bien, acepto el desafío -dijo Alexander, irguiendo la espalda con ese aire competitivo que le era natural-. Pero necesitamos a alguien más que conozca el bosque. Voy a buscar a Lucía Alexander caminó con decisión hacia donde Lucía terminaba de explicarle las reglas de seguridad a los más pequeños. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Mateo se interpuso, cruzando los brazos sobre el pecho con una sonrisa desafiante.

- Llegas tarde, Alexander -dijo Mateo con suficiencia-. Lucía ya tiene equipo. Sofía, Alina y yo somos los "Linces del Bosque" ¿Ah, sí?-Alexander arqueó una ceja, mirando a Lucía, quien le dedicó una sonrisa encogida de hombros-. Pensé que mi esposa querría ganar junto al mejor estratega de la familia.

- Lo siento, Alexander -rio Lucía, ajustándose la visera-. Mateo fue más rápido. Además, dudo que puedas seguirnos el ritmo entre la maleza.

- ¡Los vamosa vencer! -gritó Mateo, haciendo un gesto de victoria antes de salir corriendo con el resto de su equipo hacia el primer punto de control.

Alexander se quedó un momento allí, sintiendo una punzada de algo que no lograba identificar. ¿Era celos de un niño de cinco años? Thiago y Benicio lo tironearon de la ropa, impacientes. En ese instante, Victoria, que había estado observando la interacción desde la distancia con una mirada calculadora, vio su entrada triunfal.

- Parece que te han dejado en el banquillo, Alexander -dijo Victoria, acercándose con una elegancia que resultaba casi insultante en medio del barro-. Thiago, Benicio, ¿qué les parece si yo me uno a su equipo? Conozco muy bien cómo leer mapas y, bueno, Alexander necesita a alguien de su nivel.

Los niños se miraron entre sí, no muy convencidos, pero la urgencia de empezar el juego pudo más.

- ¡Está bien! -exclamó Benicio-. ¡Aquí está la primera pista! Dice: "Donde el agua canta y el sauce llora, busca el cofre que el tiempo ignora".

- Eso tiene que ser un arroyo -sentenció Alexander-. ¡Vamos!

El grupo se internó en el bosque. Al principio, el camino era ancho y despejado, pero a medida que avanzaban, la maleza se volvía más densa y el terreno más inclinado. Victoria, que caminaba con una lentitud exasperante, empezó a quedarse atrás a propósito. Sus ojos no buscaban pistas, sino la espalda de Alexander, planeando cómo lograr que él se detuviera mientras los niños seguían adelante.

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