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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 116

Capítulo 116

CAPÍTULO 65

Los primeros en cruzar la línea de meta fueron los "Linces del Bosque". Mateo y Sofía llegaron corriendo, seguidos de cerca por una Alina que apenas lograba recuperar el aliento y una Lucía que rebosaba orgullo.

- ¡Ganamos! ¡Lucía, mira, tenemos todas las banderas! -gritó Mateo, agitando el trofeo simbólico de tela mientras saltaba de alegría.

- Lo hicieron increíble, chicos. Sabía que trabajar en equipo era la clave -respondió Lucía, dándole un beso en la frente a cada uno.

Sin embargo, a medida que la adrenalina del triunfo se disipaba, Lucía empezó a escanear el lugar. Casi todos los grupos estaban ya allí, incluso Rodrigo y Roberto habían regresado de su supervisión con cara de pocos amigos. Pero faltaba un equipo. El equipo de Alexander.

Sus ojos recorrieron el campamento hasta que se detuvieron en la zona de las sillas plegables cerca de la cabaña. Allí, sentada con una pierna estirada sobre un taburete y sosteniendo una Coca-Cola fría con una elegancia que resultaba insultante dadas las circunstancias, estaba Victoria.

Lucía sintió una punzada de inquietud en el estómago. Caminó hacia ella con paso firme, ignorando el cansancio de sus propias piernas.

- Victoria -dijo Lucía, su voz cargada de una urgencia que la otra mujer ignoró deliberadamente -.¿Dónde están Alexander y sus sobrinos? Son los únicos que faltan por regresar.

Victoria tomó un sorbo parsimonioso de su bebida antes de dignarse a mirar a Lucía por encima de sus gafas de sol.

-- Pues no lo sé, querida -respondió con un tono aburrido-. Esos niños son muy revoltosos, no siguen órdenes. Se alejaron demasiado de nosotros en la pendiente y, simplemente, les perdí el rastro.

Alexander se quedó buscándolos mientras yo, como comprenderás, tuve que regresar porque me torcí el tobillo por su culpa.

Lucía sintió que la sangre se le helaba.

- ¿Se perdieron? ¿Y estás aquí sentada bebiendo un refresco? -exclamó Lucía, atrayendo las miradas de los que estaban cerca-. ¡Victoria, son niños!

¿Por qué no avisaste en cuanto llegaste?

- Alexander está con ellos, no hagas un drama de esto, Lucía. Él sabe cuidarse solo -replicó Victoria, aunque evitó la mirada de fuego de la Presidenta.

Sin esperar respuesta, Lucía se internó de nuevo en el bosque. Su mente volaba a mil por hora. Conocía a Thiago y Benicio; eran niños de ciudad, acostumbrados a suelos de mármol y jardines podados con láser. En el bosque, un simple cambio de luz o el sonido de un animal podía llevarlos al pánico.

Caminó por más de cuarenta y cinco minutos, llamando a los niños hasta que su garganta empezó a arder. El terreno cerca del arroyo era resbaladizo y estaba lleno de rocas sueltas. De repente, el sonido del agua golpeando las piedras fue interrumpido por algo más: un llanto débil y desesperado -...no me dejes solo, Thiago, por favor. Voy a buscar ayuda, pero no quiero que te vayas -la voz de un niño se quebraba en un sollozo.

- ¡No me voy a mover, Benicio! Pero duele mucho.

¡Ayuda! -respondió otra voz, más fuerte pero cargada de terror - ¡Thiago! ¡Benicio! -gritó Lucía, rompiendo la maleza para llegar a la orilla del arroyo.

- ¡Lucía! ¡Aquí estamos! -gritó Thiago al verla.

Estaba arrodillado junto a su hermano menor en una zona donde el arroyo se estrechaba entre grandes formaciones rocosas.

Lucía llegó a ellos en segundos. Benicio estaba sentado en el suelo húmedo, con la cara empapada en lágrimas y mugre. Su mano derecha estaba atrapada profundamente en una grieta entre dos rocas enormes que parecían haber cedido debido a la erosión.

- No te preocupes, mis amores, ya estoy aquí - dijo Lucía, arrodillándose y tomando la cara de Benicio entre sus manos para calmarlo-. Respira, Benicio. Te voy a sacar de aquí.

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