Capítulo 118
CAPÍTULO 99
Lucía, sentada en un tronco cerca de Mateo y Sofía, observaba el grupo. Elisa reía mientras Benicio, con la mano vendada, intentaba morder un malvavisco pegajoso. Todo parecía haber vuelto a una armonía inusual en la familia De la Vega. Todo, menos Alexander.
Ella lo buscó con la mirada. No estaba junto a su abuelo Augusto, que charlaba con la Madre Superiora, ni cerca de la mesa de las bebidas.
Finalmente, lo divisó en la periferia de la luz, una silueta alta y solitaria que se internaba en el sendero oscuro que llevaba hacia el mirador natural sobre el arroyo. Su postura no era la de un hombre triunfante, sino la de alguien que cargaba con un peso invisible.
Sintiendo un impulso que no quiso cuestionar, Lucía se puso de pie. Siguió el rastro de Alexander en silencio, dejando atrás el murmullo de la fogata hasta que el único sonido fue el crujir de las ramas secas bajo sus botas. Lo encontró de pie frente al risco, mirando hacia el vacío oscuro donde el agua del arroyo brillaba débilmente bajo la luna.
- Alexander, ¿a dónde vas? -preguntó ella suavemente-. No querrás volver a perderte hoy, ¿o sí?
Él no se giró de inmediato. Sus hombros se tensaron ante la mención del incidente. Cuando finalmente la miró, Lucía vio en sus ojos una sombra que no era producto de la noche.
- Lucía... -su voz sonó ronca, despojada de su habitual prepotencia-. Si algo le hubiera pasado a mis sobrinos, nunca me lo hubiera perdonado. Ellos me eligieron a mí para su equipo. Confiaron en que su tío, el gran Alexander de la Vega, los llevaría a la victoria, y les fallé de la manera más patética posible.
Lucía se acercó hasta quedar a su lado, sintiendo el frío de la brisa nocturna.
- No les fallaste, Alexander. Simplemente la naturaleza no es lo tuyo. No puedes controlar el bosque como controlas una junta de accionistas.
Las rocas no entienden de jerarquías.


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