Capitulo 119
Alexander negó con la cabeza lentamente.
- Amo a toda mi familia, Lucía. Incluso a mi primo Rodrigo, aunque a veces quiera lanzarlo por la ventana. El dinero es... una armadura. En mi mundo, si no tienes esa armadura, te devoran. Pero mis sobrinos son lo único puro que queda en ese apellido. Por ellos haría cualquier cosa.
Lucía lo observó en silencio. La luz de la luna bañaba su rostro, resaltando las líneas de cansancio pero también una vulnerabilidad que la dejó sin aliento.
- Eres una buena persona, Alexander de la Vega.
Aunque te esfuerces mucho en ocultarlo bajo capas de frialdad y sarcasmo.
Él soltó una risita amarga y se giró para mirarla fijamente.
- No tanto como tú, Lucía. Por ratos parece que estoy frente a la mujer perfecta. Tuviste todas las razones para odiar a Fernando por lo que te hizo, y sin embargo, aquí estás, salvando a mis sobrinos y dándome consuelo a mí. ¿Cómo lo haces? ¿Cómo mantienes esa luz después de todo lo que has pasado - No soy perfecta, Alexander. Ni de cerca - confesó ella, bajando la mirada hacia sus manos-.
Tengo mis miedos. A veces me despierto pensando que todo esto es un sueño del que voy a despertar en la puerta de la iglesia otra vez, sola y humillada. Mi luz, como dices, es solo supervivencia. Si dejo de creer en la bondad, entonces hace mucho tiempo hubiera perdido.
Se quedaron en silencio un largo rato, escuchando el lejano chisporroteo de la fogata y el susurro del viento entre los pinos.
- ¿Qué es lo que más deseabas cuando eras niña?
-preguntó Alexander de repente, rompiendo la quietud-. Antes de los orfanatos, antes de las penas.
Lucía sonrió con nostalgia.
- Dime.
- Me has cambiado. Has cambiado mi control y mi soledad. Y no sé si odiarte o darte las gracias.
Sin esperar respuesta, Alexander acortó la distancia. Fue un movimiento lento, dándole a ella cada segundo para alejarse, pero Lucía se quedó allí, anclada por la intensidad de su mirada. Cuando sus labios finalmente se encontraron, el mundo pareció detenerse Fue un beso profundo, cargado de todo lo que no habían dicho en esos meses de convivencia forzada.
Era un beso que sabía a deseo contenido, a gratitud y a una chispa de esperanza que ninguno de los dos quería admitir. Alexander la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él con una urgencia que Lucía respondió rodeando su cuello con las manos.
Lucía no lo rechazó; se hundió en él, permitiéndose olvidar por un instante quién era y por qué estaban allí Cuando finalmente se separaron, jadeando suavemente, sus frentes permanecieron unidas. El aire frío de la noche ya no parecía tan gélido.
- Eso no estaba en el contrato -susurró Lucía, con una sonrisa trémula.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.