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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 120

CAPÍTULO 67

Lucía y Alexander caminaban en un silencio que ya no era tenso ni incómodo, con el recuerdo de ese beso que lo había cambiado todo. Sin darse cuenta sus dedos se habían entrelazado. La mano grande y ligeramente áspera de Alexander envolvía la de Lucía con una firmeza protectora, mientras ella se dejaba guiar por el sendero iluminado apenas por la luna.

Entraron en el círculo de la fogata tomados de la mano, con la naturalidad de quienes han borrado las cláusulas de un contrato para escribir algo más real.

Se sentaron juntos en un tronco caído, cerca del fuego. Alexander, con una torpeza impropia de él, tomó dos pinchos de carne y malvaviscos. No se soltaron de inmediato; fue solo cuando Lucía tuvo que usar ambas manos para sostener su cena que el contacto se rompió, aunque la calidez permaneció allí, marcando su piel.

Ese pequeño gesto de unidad no pasó desapercibido.

Victoria, sentada frente a ellos, sintió que la Coca-Cola se le volvía hiel en la garganta. Sus ojos, fijos en la unión de sus manos, ardían con un odio que apenas lograba disimular bajo su máscara de cansancio. ¿Cómo era posible?, se preguntaba. Ella había intentado todo para que Alexander la viera, incluso arriesgando a sus propios sobrinos, y allí estaba él, mirando a la recogida con una expresión que nunca le había dedicado a nadie en su círculo social.

A unos metros, el abuelo Augusto intercambió una mirada cómplice con la señora Matilde. El anciano no dijo nada, pero dio un sorbo a su té con una sonrisa de absoluta satisfacción. Sus planes, a veces, funcionaban mejor de lo esperado.

Mateo, sin embargo, no compartía la alegría del abuelo. Observaba a Alexander con los ojos entrecerrados, analizando la situación como un general frente a un avance enemigo no autorizado. Se inclinó hacia Sofía y le susurró al oído:

— El plan de la tienda rota fue un error, Sofía. El invasor está ganando terreno. Tenemos que pasar a la Fase Dos: Saturación de espacio.

Sofía asintió con gravedad, aunque en el fondo le gustaba ver a la tía Lucía sonreír de esa manera.

La noche avanzó entre canciones y anécdotas, pero finalmente la Madre Superiora anunció la hora del descanso. Los niños empezaron a bostezar y los adultos a estirar sus cuerpos entumecidos. Fue entonces cuando el ataque comenzó.

— ¡Lucía! ¡Lucía! —gritó Mateo, corriendo hacia ella antes de que Alexander pudiera proponerle ir a dormir—. ¿Podemos dormir con vos? Por favor, por favor. Tenemos miedo de los ruidos del bosque.

— ¡Sí, Lu! ¡Queremos dormir contigo! —añadió Sofía, poniendo su mejor cara de ángel desprotegido.

Lucía los miró con ternura, ajena a la estrategia.

— Claro que sí, pequeños. Hay espacio para todos.

Alexander miraba la escena sin entender. Recordaba perfectamente que Lucía tenía una tienda pequeña, diseñada para dos personas, tal vez tres si eran muy delgadas. No lograba visualizar cómo iban a entrar todos allí. Pero no tuvo tiempo de procesarlo porque sintió dos tirones en su propia camisa.

— ¡Tío! ¡Tío Alexander! —la voz de Benicio, todavía con su mano vendada, sonó suplicante—. ¿Podemos quedarnos con vos? Nuestra tienda está... está mala.

— ¿Mala? —preguntó Alexander, arqueando una ceja—. ¿Qué tiene de malo? Es de última tecnología.

— Tiene un olor raro y hace mucho ruido con el viento —mintió Thiago con una rapidez asombrosa, mirando a Mateo, quien le hizo una señal imperceptible de aprobación—. No queremos dormir allí. Por favor, tío.

Alexander miró a Lucía, buscando una vía de escape, pero ella solo sonrió con esa bondad que a él le resultaba imposible de combatir.

— Claro, entramos todos —sentenció Lucía—. Será como un nido de pájaros. Vamos.

Lo que siguió fue un ejercicio de contorsionismo humano que Alexander de la Vega nunca olvidará. La tienda verde de Lucía, que ya se sentía pequeña para uno, se convirtió en el escenario de una comedia de enredos.

Primero entraron los niños, acomodándose en el centro como una hilera de sardinas en lata. Lucía se ubicó en un extremo y Alexander, tras mucho dudar, tuvo que meterse en el espacio restante, quedando literalmente pegado a la tela de la tienda y al pequeño Benicio.

— Esto es físicamente imposible —masculó Alexander, intentando estirar las piernas pero golpeando una de las varillas que sostenían la estructura—. Mis rodillas están en mi barbilla.

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