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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 121

CAPÍTULO 68

Alexander de la Vega abrió un ojo, solo para encontrarse con el pie descalzo de Benicio a escasos centímetros de su nariz y el brazo de Mateo cruzado sobre su pecho como si fuera una barrera de seguridad.

Cuando finalmente lograron desenredarse de la maraña de sacos de dormir y extremidades infantiles, Alexander y Lucía emergieron de la tienda con movimientos lentos y quejumbrosos. El aire fresco de la mañana golpeó sus rostros, pero no fue suficiente para borrar la rigidez de sus espaldas.

— Lucía… —comenzó Alexander, llevándose una mano a la zona lumbar mientras intentaba estirarse—. Siento como si hubiera ido a escalar la montaña más alta del mundo sin equipo, y luego un oso me hubiera usado de colchón. Me duele todo.

Lucía soltó una risita suave, aunque ella también caminaba con cierta dificultad. Se frotó los hombros, mirando la pequeña estructura verde que milagrosamente seguía en pie.

— Fue una noche... intensa —admitió ella—. Pero sobrevivimos.

Alexander se giró hacia ella, con una expresión de determinación absoluta grabada en su rostro cansado.

— Esta noche, no más niños, Lucía. Lo digo en serio. Mi columna vertebral no es un bien negociable.

— O podríamos dividirnos: tú duermes con tus niños y yo con los míos en tiendas separadas — propuso Lucía.

— ¿Y perdernos la oportunidad de ser un nido de pájaros de nuevo? —bromeó ella, aunque al ver la cara de sufrimiento de él, suavizó el tono

— Tienes razón. Es demasiado para una tienda tan pequeña.

Alexander asintió, mirando hacia el claro donde Damián ya estaba organizando los suministros del desayuno.

— Voy a encargarle a Damián que consiga una tienda más grande para hoy mismo. Una con compartimentos —añadió, pensativo—. Me gusta la idea de que mis sobrinos empiecen a llevarse más con Mateo y Sofía. Si vamos a estar todos aquí, al menos que aprendan a formar su propio equipo.

A Lucía se le iluminaron los ojos. El cansancio pareció desvanecerse por un segundo ante esas palabras. Era la primera vez que Alexander hablaba de integrar a los niños no como una obligación contractual, sino como un proyecto personal. Estaba cambiando; el hombre de hielo empezaba a derretirse bajo el sol del orfanato.

— Eso sería increíble, Alexander —dijo ella, con una nota de ternura en la voz—. Vamos a desayunar, nos espera un largo día hoy y necesitamos energía.

El incidente del arroyo había dejado una marca profunda en los De la Vega. Elisa y Rodrigo, para sorpresa de todos, no se quedaron en la cabaña esperando el café. Participaron de manera activa en los juegos de la mañana, ayudando a los niños a recolectar hojas secas para un taller de arte natural. El susto de perder a sus hijos había resquebrajado la coraza de indiferencia que solían vestir en la mansión; por primera vez, no estaban allí para ser vistos, sino para estar presentes.

Alexander observaba la escena desde la mesa de madera rústica, sosteniendo una taza de cerámica. El abuelo Augusto se acercó a él, caminando con su bastón y una sonrisa que parecía grabada en su rostro desde que vio a Alexander y Lucía salir juntos de la tienda.

Capítulo 121 1

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