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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 138

Capítulo 138

CAPÍTULO 81

Alexander caminaba de un lado a otro del vestíbulo principal, sus pasos resonando en el mármol con un ritmo ansioso.

Miró su reloj de pulsera por enésima vez. Las diez de la noche.

No sabía si volvería.

Finalmente sacó su celular del bolsillo, desbloqueando la pantalla con un movimiento brusco. Su dedo se cernía sobre el ícono de llamada.

Iba a marcar. Necesitaba saber dónde estaba.

Necesitaba disculparse, aunque la palabra se le atragantara en la garganta.

Pero justo cuando iba a presionar la pantalla, el sonido de neumáticos sobre la grava llamó su atención.

Levantó la vista hacia los ventanales laterales de la puerta principal. Un coche se había detenido al final de la escalinata.

No era el sedán blindado de la familia. No era el coche de Martínez.

Era un taxi amarillo, común y corriente.

Vio bajar a Lucía. Se veía agotada. Le pagó al conductor y se giró, encontrándo la figura de su esposo bloqueando la entrada de la casa.

Lucía subió los escalones despacio, sin mirarlo a los ojos. Pasó por su lado intentando entrar directamente, pero Alexander se giró, siguiéndola.

- No te llevaste a Martínez -dijo él. No era una pregunta, era una constatación cargada de reproche y preocupación.

Lucía se detuvo en medio del vestíbulo, pero no se giró.

- No -respondió con voz seca-. He tomado un taxi.

- Lucía, sabes que Martínez está a tu disposición las veinticuatro horas -insistió Alexander, sintiendo la necesidad de controlar al menos ese aspecto de su seguridad-. Es peligroso andar en taxis a estas horas. Eres una figura pública ahora.

Alexander asintió, tragando saliva.

- Lo sé. Es a los niños. A tus sobrinos.

- A tus sobrinos -corrigió ella-. Benicio y Thiago se quedaron toda la tarde esperándote ¿Tienes idea de lo que siente un niño al darse cuenta que no vendrán por él? Y a Mateo y Sofía...

tuve que mentirles. Tuve que decirles que tuviste una emergencia para que no pensaran que simplemente no te importan.

La imagen de sus sobrinos, que Alexander había visto con sus propios ojos horas antes, volvió a golpearlo.

- Lo sé -repitió, con voz ronca-. Los vi. Vi a Benicio y a Thiago cuando llegué. Elisa se encargó de restregármelo en la cara. Me voy a disculpar, Lucía. Mañana mismo hablaré con ellos y se los compensaré. Les compraré lo que quieran.

- No se trata de comprarles cosas -dijo Lucía, frustrada-. Se trata de estar. Pero supongo que eso es mucho pedir.

Alexander sintió la necesidad imperiosa de justificarse. Quería que ella entendiera por qué había fallado, que viera que no había sido por desinterés, sino por... ambición.

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